EL MACHISTA Y CHULO ESE

El otro día -no sé exactamente cuándo- paseaba por la ciudad disfrutando, observando la vida pasar. La vida contemplativa es la vida mejor, convencido me hallo. Epicuro me ha enseñado que la felicidad, aquella que tanto atrae y cuando está nadie la aprecia, estriba en vivir oculto. Por ello, yo andaba intentando pasar desapercibido.

Miraba a los niños cuya mano está -y estará- ligada a la de sus padres, a las parejas de ancianos con sus mejores galas cogidos el uno al otro y a los adolescentes incipientes reunidos en corrillos mirándose entre ellos iniciando el primer flirteo. En mis auriculares sonaba Faro de Lisboa

Llego al destino y entro. La librería no es grande en demasía, mas tiene libros de cierta calidad. Ando ojeando algunos en la sección de Historia y Clásicos. De repente, entra una señora. Aires de grandeza, recogido cabelludo y abrigo presumiblemente caro. No está ni medio segundo mirando libros cuando pregunta: “Perdone, ¿qué libro me recomienda?” La librera levanta la vista y le pregunta qué genero le suele gustar. Responde: “No sé, quiero un libro entretenido que me enganche”. Justo había varios ejemplares de Falcó de mi admirado Pérez-Reverte. La librera se lo recomienda y busca mi mirada cómplice. Se la doy, la tiene. Intervengo diciendo: “Sí, se lo recomiendo. Trepidante y, sobre todo, bien escrito; vamos… Que es revertiano”. Me mira la librera y la señora con sonrisa y mueca altiva, respectivamente. 

Todo parece haber acabado, sigo mirando libros. Sin embargo, no era así. Faltaba el último comentario que acabó por desatar en mí toda clase de sentimientos deshonrosos. “Es que, particularmente, no trago al Reverte ese. Es un machista y un chulo”. Sí, era la señora apostillando la última frase, a modo de epitafio mientras dejaba con desdén el ejemplar encima de la mesa. Me quedo inmóvil. No puedo creer lo que acabo de escuchar. Me daban ganas de ir hacia la señora para recriminarle el comentario estúpido que acababa de soltar, mas reflexiono. No merece la pena, me digo.

Dejo el libro. Me despido con un adiós, quizá un hasta luego. Volveré, seguro. Salgo a la calle exasperado. Luego pienso en una recomendación -desconozco el autor- que escuché hace poco en televisión: los sentimientos hostiles hacia el prójimo son autodestructivos, nada aportan y todo destruyen. Cierto es.

Sigo mi camino. Vuelta a casa, hace frío y no he cenado. 

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