EL CAMPO, LA CIUDAD Y EL REPOSTAJE
Hay veces que necesito huir.
Desconectar y ausentarme. Cuando este sentimiento me aborda -no pocas veces en mi caso- siempre sigo
un ritual. Una especie de liturgia, como si de un torero previo a una encerrona
se tratase, que me lleva a hacer una y otra vez lo mismo.
Me visto, preferiblemente
chándal. Cojo el móvil, las llaves y los auriculares. Salgo a la calle
dirección oeste. Conecto los auriculares y escucho música -normalmente Sabina-
o algún podcast. Una vez paso las últimas cotas de urbanización me adentro en
el campo. Suelo coger el mismo camino asfaltado. Si estoy con la música canto
en voz alta. Sí, por eso voy al campo, para no causar miedo en los demás.
Mientras tarareo mi canción favorita empiezo a reflexionar sobre el objeto de
mi estado de ánimo.
Ese momento es mágico. Todo
comienza a difuminarse y nada veo claro. Ando hasta llegar a la yeguada donde
siempre me detengo. Todo se para, el tiempo no pasa y nada constituye novedad.
Observo las cuadras y el picadero. Hay días que, con suerte, están herrando o
bañando a los rocines. Prosigo hasta las vías del tren. Media vuelta. Me
despido, como si de algo tangible fuera, de la finca. En estos momentos, mi
estado de ánimo ya ha cambiado. Ergo, toca cambiar de género musical.
Llego al final de camino, no sin
antes haber pasado por la casa cuyo perro es el fiel reflejo de fidelidad y
protección. Nadie osa acercarse sin que éste le propine un ladrido. Piso asfalto.
De vuelta a la ciudad. Todo sigue igual. Coches a toda velocidad, tránsito de gente
con bolsas, prisa; en definitiva, movimiento.
Llego a casa como nuevo. Atrás
quedó la tristeza, la melancolía y el hastío. Como si de un vehículo repostado
cuando estaba en reserva se tratase, me recupero.
No puedo cerrar esto sin
transcribirles el poema que siempre recito cuando me invade lo arriba descrito.
Este adiós no maquilla un hasta luego. Este nunca no esconde un ojalá.
Estas cenizas no juegan con fuego, este ciego no mira para atrás. Este notario firma
lo que escribo, esta letra no la protestaré. Ahórrate el acuse de recibo, estas
vísperas son las de después. A este ruido tan huérfano de madre no voy a
permitirle que taladre este corazón podrido de latir. Este pez ya no muerte por
tu boca. Este loco se va con otra loca. Estos ojos no lloran más por ti.
Fragmento de la canción Nos sobran los motivos de Joaquín
Sabina. Nada más.

Comentarios
Publicar un comentario