NO HAGAS CASO A LOLA ÍNDIGO
La viabilidad de toda comunidad política pasa por el aseguramiento del reemplazo generacional. Los índices de natalidad no son solo una cuestión estadística, sino que revelan el futuro de una sociedad. Es bien conocido que en Europa -y, por tanto, en España- los índices de natalidad han dismunuido mucho. Vaticinan los economistas la inversión de la pirámide poblacional en no más de veinticinco años, lo que supondrá un problema de cara a la viabilidad de las prestaciones sociales; concretamente, de las jubilaciones. Y este, además, constituye un problema que no tiene fácil solución debido a la propia dinámica de la situación política: dado que cada vez los jubilados son el grupo poblacional más numeroso, los partidos poíticos, centrados en el mantenimiento del poder y no en mejorar la sociedad, evitan adoptar medidas que puedan ser impopulares para los jubilados, aun sabiendo que son necesarias. Como ha señalado el prof. Tomás de Domingo en un reciente trabajo, actualmente estamos en un tiempo de jóvenes en el que los viejos tienen mucho que decir. Las elecciones, no lo olvidemos, las deciden los que tienen más de cincuenta y cinco años, y eso es un peligro porque, si no se actúa empáticamente, se hipotecará el futuro de los jóvenes por el bienestar presente de los mayores.
La cuestión radica, pues, en saber por qué no se tienen hijos. Son muchas las causas que pueden estar influyendo en este fenómeno, pero, a mi juicio, hay una que es clave: la inmadurez de los jóvenes fruto de una educación basada en el hedonismo permanente. Esto puede observarse en las últimas declaraciones de Lola Índigo, una cantante e influencer española, en la que expresa su rechazo a la maternidad sobre la base de los siguientes motivos: "Me da pánico esa responsabilidad de por vida, porque yo busco la libertad en mi vida y yo siento que la libertad cuando tienes una criatura a tu cargo desaparece por completo. O sea, yo me refiero a la full libertad, a cogerme una mochila e irse a tomar por culo sin depender de nada ni de nadie. Mi objetivo vital es ser libre siempre". Debajo de las palabras -deficientemente escogidas- por la sedicente amante de la libertad subyace un planteamiento filósofico, que es el hegemónico: la libertad (de los modernos, como la definió Constant) consiste en la ausencia de raíces, en la pura autonomía sin responsabilidad, en la libertad eficiente. Por ello, se renuncia a comprometerse o a tener hijos porque, desde esta perspectiva, tejer vínculos implica recortar la libertad: cuanta más gente quieres, más difícil es coger una mochila e irte "a tomar por culo". Preponderar, por encima de todo, la libertad conduce, llevada al máximo, a justificar, por ejemplo, al caníbal de Rotemburgo: ¿por qué y, sobre todo, en base a qué razones condemos a una persona que se ha comido a otro si este le ha consentido libremente? ¿No es una acción puramente libre y, por tanto, permisible -e, incluso, buena si a esa conclusión llega el individuo- querer morir siendo desangrado para que luego te coma, o, dejarse, como la actriz de Only Fans, penetrar por mil hombres en un hotel como reto viral? Parece evidente que la libertad omnímoda desemboca en la ausencia de fines: no hay nada objetivamente bueno, sino ejercicios de la libertad restringibles solo en la medida en que no dañen a otro.
Ahora bien, ¿es este un planteamiento de vida viable? Creo que no. Como ha expuesto brillantemente el prof. Cruz Prados, la modernidad modificó enteramente el concepto de libertad. En la filosofía clásica, la libertad es el acto que sirve para alcanzar un fin mayor. La libertad es, siempre y en todo caso, el acto de vida bueno. Solo es acción libre la acción buena, la que contribuye a alcanzar el bien común. Como se entrevé, solo es libre aquel que conoce el bien, que no es una construcción personal de cada uno, sino un conocimiento al que se llega mediante una indagación filósofica. Una vez conocido el bien, solo hay una posibilidad: hacerlo para ser virtuoso. Por consiguiente, la libertad requiere fines y sentido. Así, se puede entender que la libertad la proporciona el actuar con control de la acción, con volición. Esta idea puede entenderse con el ejemplo de la infidelidad conyugal. Un marido es libre si renuncia a ser infiel a su mujer, pues es él el que controla su acción y, dado que la fidelidad es algo bueno pues permite fortalecer y continuar vigorizando su matrimonio, al rechazar acostarse con otras mujeres perfecciona su libertad. En sentido contrario, aquel que rechaza ser fiel porque no quiere renunciar a sus instintos, a su "libertad" es, paradójicamente, menos libre: es preso de sus deseos.
Volviendo al asunto de Lola Índigo, lo que pretendo decir es que para ser libre tienes que saber qué quieres hacer. La libertad por la libertad, la ausencia de vínculos, no puede ser un objetivo porque los vínculos son, precisamente, los cauces por los que se perfecciona el ser libre. De hecho, la ausencia de vínculos como consecuecia de las acciones "libres" suelen estar causadas por otorgar una primacía a las experiencias externas. La vida se colma de experiencias externas, de cosas que provienen del exterior y que, en casi su totalidad, se adquieren por mediación del dinero. Esta es la razón del consumismo: se compra por comprar, se viaja por viajar o se sale a comer o cenar por salir para tratar de llenar con cosas externas lo que se es incapaz de completar por sí mismo. Y esto, llevado al extremo, genera vidas sin sentido, vacías. Como genialmente definió Ignacio Raggio, la vida se convierte en una especie de "Whiskas, lexatin y satisfyer: Vacío vital tras una juentud de ocio barato basado en alcohol y likes. Confundiste oportunidades con opciones y perdiste el tren de tu vida por un paseo em bici. ¿Tu estado civil? Desperdiciada".
Querida lectora, no seas como Lola. Cásate, ten hijos, ten amigas y teje vínculos. Es la única forma de alcanzar ser libre y alcanzar la felicidad.
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