CRÓNICA DE UN VIERNES DISTINTO, DE UN DÍA FELIZ

Cuando sonó el despertador, los nervios, que ya sentí a lo largo del día anterior, volvieron a mi estómago. Era una sensación extraña: por fin había llegado el día en el que volvería a ver toros en la primera plaza del mundo, la Plaza Monumental de las Ventas.

El día arrancó a las siete de la mañana. Montados en el coche, mi padre y yo, nos disponíamos a pasar dieciséis horas de ensueño. Llegamos al famoso bar de carretera El Molino, en la A-31, a las ocho y media. El frío seco se hizo notar al poner un pie en el suelo. El ambiente en el bar me retrotrajo a mi infancia: servilletas por el suelo, un gran expositor de bollería, el ruido ensordecedor de los paisanos hablando y la máquina de café funcionando sin descanso. ¡Cuántas veces he parado yo cuando viajaba con mis padres en El Molino para desayunar y, en varios viajes, mis padres me compraban el periódico AS para que lo leyera durante el trayecto! Ojalá, alguna vez, mis hijos puedan tener esos recuerdos que yo, a medida que voy madurando, voy teniendo con mayor frecuencia. Después del desayuno, repostamos y nos dispusimos a seguir hasta Madrid. A las doce menos diez ya habíamos aparcado cerca de Las Ventas, y comenzamos a caminar hacia el centro por la calle Juan Bravo. Paseamos por el barrio de Salamanca, zona adinerada, donde encontré la casa, como señalaba la placa municipal, donde vivió y escribió uno de sus mejores libros, “La Rebelión de las Masas”, José Ortega y Gasset.

Una vez que estuvimos en Sol continuamos hasta el Teatro Real, pasando por la esquina de la famosa chocolatería San Ginés, donde Valle Inclán ambientó muchos pasajes de Luces de Bohemia. Y justo ahí sigue el puesto callejero de libros donde hace de siete años compré El Extranjero de Camus, gracias al consejo del librero. En la plaza del Teatro Real estaba el restaurante donde habíamos reservado, el Asador Real. De entrantes, unos pimientos de padrón y unos pimientos asados con ventresca; de principal, un cuarto de cordero lechal con su ensalada de iceberg y cebolla. Un auténtico manjar. Ya habíamos comido, ahora restaba hacer tiempo hasta las siete.

Llegamos razonablemente pronto a las Ventas con la intención de volver a visitar el museo taurino, donde, entre otras cosas, están expuestas dos joyas –casi sagradas para cualquier aficionado a la tauromaquia–: la chaquetilla con la que cayó Joselito, el Rey de los Toreros, en Talavera por una cornada del toro Bailaor, de la ganadería de la Viuda de Ortega; y el traje entero, de color rosa palo y oro manchado con sangre, con el que Manuel Rodríguez, Manolete, murió en Linares en las astas de Islero de Miura. Recuerdo el impactó que me produjo la primera vez que vi el traje de Manolete: contemplar la sangre seca y el agujero por el que entraron las astas me llevó a recordar la conversación que tuve con mi abuela, nacida en 1936 , cuando, al hablarle de Manolete, me narró qué estaba haciendo cuando se enteró de su muerte. Sin embargo, a pesar nuestros deseos, el museo cierra los días de corrida a las cuatro y media, así que nos hacer tiempo un buen rato sentándonos en un banco observando cómo, a medida que pasaban los minutos, el ambiente iba aumentando exponencialmente.

Se había vendido todo el papel para el día de la corrida. Lleno de no hay billetes. Toros de Victoriano del Río para Alejandro Talavante, Juan Ortega y Clemente, que confirmaba la alternativa. Al igual que me ha pasado, aunque en menor medida, cuando he entrado a los estadios de fútbol, subir las escaleras y situarte ante el ruedo de la plaza de toros es una experiencia casi catártica. A pesar de las amenazas de lluvia, esta no hizo aparición y, además, se calmó el viento, dejando una tarde apacible para disfrutar.

Salió el primer toro que asustaba solo de ver la envergadura de sus afiladísimos pitones. Clemente, un joven torero francés rubio, se jugó la vida. El toro era áspero y tardo en la embestida. En muchas ocasiones, en el muletazo hacía un parón en mitad del recorrido y miraba al torero que aguantaba enhiesto hasta que pasó lo que era previsible: volteretón y puntazo en el muslo. Los ciento de franceses que habían venido a ver a su torero se estremecieron, el miedo se sentía. Volvió a ponerse delante con la misma firmeza que antes y el toro seguía con la misma condición. El público estaba enfervorecido; si no llega a ser porque mató de dos bajonazos infames para la primera plaza del mundo, habría cortado una oreja. En su segundo toro estuvo firme, pero el toro no tenía nada dentro. Aplausos en reconocimiento de la valentía mostrada en el primero fueron el resultado de la confirmación. Así se viene a conformar a Madrid, volverá pronto.

Juna Ortega no tuvo lote. Sus dos toros andaban escasos de fuerza y raza, por lo que, a pesar del entusiasmo que había suscitado su anuncio con esta gran ganadería, tan solo pudo mostrar una media y tres verónicas –en el tercero y quinto respectivamente– donde se pararon los relojes. Juan Ortega, como dice mi maestro en el mundo de los toros, Domingo Delgado de la Cámara, encarna el toreo del barrio de San Bernardo. Pata para adelante y pecho para afuera, da los lances con una despaciosidad envidiable. Es un torero del que siempre hay que esperar lo mejor. Se atascó con la espada en el quinto, donde dio un mitin con el acero que le reportó protestas. Con los toreros de arte es habitual la incertidumbre: tan habitual es salir de la plaza sin nada como salir toreando. Quizá sea la magia del toreo.

El que verdaderamente triunfó fue Talavante. Con su primero anduvo errático, manierista, como suele ser él. Dejó algunos destellos, pero nada más. Cuando salió el cuarto de la tarde, toro de clase excepcional y de viaje largo, se presentía que algo iba a pasar. Un toro para consagrarse. Talavante se lo llevó al siete, justo donde estábamos sentados. Le dio una buena serie de naturales, pero nunca terminó se asentarse verdaderamente con el toro. Muchas series rápidas, de molinetes invertidos y cambios de manos donde, más que el toreo puro, primó la pose. Lo mató de un buen volapié y el público pidió las orejas. A mi juicio, la primera estaba justificada, sobre todo por el volapié, pero el presidente, que se dejó llevar por el triunfalismo del público, concedió las dos. Puerta grande.

Y así acabó mi segunda corrida en Madrid. Cogimos el coche y de vuelta a Elche, donde sobre las dos de la mañana llegamos. Me fui a la cama con el corazón lleno. Cuesta describir las sensaciones experimentadas. Ojalá se pueda repetir pronto.

 

Talavante dando la vuelta al ruedo tras cortar dos orejas al cuarto de la tarde.

Momentos previos al inicio de la corrida: plaza llena

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