NUNCA SUPO ENCONTRAR SU HUECO

Ayer, Albert Rivera daba una entrevista en el programa más sano de televisión: “mi casa es la tuya”. Bertín es de lo poco decente que hay en televisión; entrevistaba ataviado de una mascarilla con el logotipo de la Guardia Civil. Yo habría ido con la de La Legión, que cumple 100 años y eso no es moco de pavo. Se hizo en Cútar, el pueblo de la familia materna de Alberto Carlos -así apareció en las listas de las última elecciones-.

                                                                                   Albert Rivera//Diez Minutos//Ciudadanos

Resulta que ha escrito un libro, “Un ciudadano libre”. Once meses después de su fracaso electoral y su salida de la vida pública, Rivera aparecía para recordarnos cómo era ese chaval que se batía el cobre luchando contra el nacionalismo catalán. Ese imberbe abogado de La Caixa pasó a liderar un partido clave en el sistema de partidos español de los últimos quince años.

Desde que Aznar degoyó -políticamente hablando, claro- a Vidal-Cuadras, no había representación de esos más de dos millones de personas que se oponen a la pulsión tiránica que es el nacionalismo catalán. De esa necesidad nació Ciudadanos. Un partido impulsado por ilustres (véase, Arcadi Espada, Francesc de Carreras, Félix de Azúa, Xavier Pericay, entre otros) que estaban hartos de que los partidos nacionales fuera dando concesiones a los nacionalistas debido a la necesidad de sus escaños a nivel nacional. Lo que es un oxímoron en España, que la izquierda se haya vuelto reaccionaria, como describe muy bien Félix Ovejero, y nacionalista, en este país es tónica habitual.

Ciudadanos, vamos a hacer un poco de memoria, nace como partido regional, partido cuyo fin último era luchar contra el nacionalismo en Cataluña. Pero resulta que Albert, que había sido galardonado durante su etapa universitaria con un premio de la liga de debate, era un líder con fuste. De ahí, también, se explica que Ciudadanos diese el salta nacional. El partido quiso expandirse.

Claro, Ciudadanos ha dado muchos vaivenes ideológicamente hablando. Cuando quieres gobernar un país no basta con tener solo una idea contra la que combatir, sino que debes tener proyectos para transformar. Y empezó la tarea de dotarse de un andamiaje ideológico que transmita que el partido tiene proyecto de país. Empezó a nutrirse de gente muy valiosa. Muy posiblemente, de hecho lo afirmo, Ciudadanos tenía el mejor equipo económico que un partido político ha tenido. Toni Roldán, Francisco de la Torre y Luis Garicano. Ya nadie está, salvo Garicano que se dedica, junto con Igea, a ser el sector crítico de, como excelentemente definió Girauta, uno de los mejores que estuvo en Ciudadanos y ahora nos obsequia con tres columnas semanales en ABC, la gestoría que llaman Ciudadanos.

Rivera se caracterizó por sus buenos discursos, por su talante y por esa imagen que conectó en el electorado más joven. Rivera se parecía a ellos. Era un tipo cuya familia era humilde, tenía una profesión y unas ideas reformistas. Hablaba de evolución y no de revolución. Hablaba de cosmopolitismo y no de privilegios regionales. Nombraba a Europa y no al folclore. Venía de otra generación, y eso se notaba.

Pero tenía un fallo: nunca supo encontrar su hueco. Quería parecerse a la izquierda sin serlo pero, paradójicamente, quien le votaba era la derecha. Quería ser liberal pero con los complejos patológicos de la derecha.

Ayer le venía contando a Bertín que una de las causas de la debacle que le llevó a pasar de 57 escaños a 10 fue que cumplió con lo que dijo. Sí, era cierto que fue coherente, pero España, por su coherencia, está peor. ¿Qué le costaba decir en junio que quería pactar con el PSOE? España necesitaba estabilidad y un gobierno decente, no un gobierno compuesto por la amalgama de comunistas caribeños, partidos cuyos dirigentes dieron un golpe de estado y un partido, Bildu, cuyo coordinador general ha sido condenado por terrorismo. ¿De verdad, Albert, tu coherencia valía más la pena que dejar que el rumbo de tu país lo dirija Arnaldo Otegi y Oriol Junqueras?

A pesar de todo, Albert estuvo trece años presidiendo un partido, recibiendo amenazas en su tierra y luchando por hacer de España un país mejor. Ahora que ya no está, que tiene su apellido plasmado en un despacho prestigioso y que tiene una vida placentera fuera de la política, es cuando los españoles nos hemos dado cuenta de cuánto bueno hizo y de cuánto bueno podía haber hecho.

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