IBA A SER UN OBITUARIO DEL VERANO 2020

Ha vuelto la lluvia de septiembre en el sureste. Parece que este año Dana no viene, pero nos envía a su hermana; más floja aunque impasible. La lluvia cae fina, rebota en los alféizares y suena. El sonido de lluvia es placentero cuando va aderezado con una temperatura que pida manta. Manta, sofá y película sería el plan perfecto para estos aciagos, aunque bonitos, días. Tendrá a bien, querido lector, recordar que estamos en el sureste español, por lo que este tiempo, tan propio de otras latitudes más norteñas de esta nación, no deja de ser un acontecimiento.

Monsalo
                                                        

Ahora nos encontramos llenos de melancolía. El verano se ha acabado. Ya hemos pasado el primer verano coronavírico. Parece que nuestro amigo el virus desea seguir aquí, al menos hasta que el ser humano, por eso es humano, diseñe una vacuna que nos proteja.

Como venía diciendo, no para de llover. Es hora de desempolvar el pantalón largo y la chaquetilla. También para dejar atrás esa música casquivana que impregna el verano -véase, música alegre, divertida con ritmo- para volver al vals, las baladas y las letras con sentido. El reggaetón, música que parece haber sido creada por el mismo demonio, no pinta nada en invierno. Quien en invierno se digne a escuchar ese simposio de ritmos africanos con letras que son una colección de guarradas, es que, definitivamente, tiene un problema. Y gordo.

Es hora de poner a Ismael Serrano, a Andrés Suárez, a Sabina, a Luis Miguel. Hora de buscar a Manuel Alejandro y escuchar detenidamente sus letras. No hay mejor escribidor de canciones, como él se denomina, que Manuel Alejandro. Hágame caso y dese el gusto de escucharle.

Hablo de Andrés Suárez, gallego para más señas, cuyas letras están compuestas siempre con esa influencia del mar y la costa, brava siempre en Galicia. Siempre sostuve que Galicia tiene algo, no especial como Sevilla, pero sí enigmático. El norte de España es bonito y mágico. Es tierra de brujas. A este efecto, uno de los mejores periodistas que tenemos en España, Pedro G. Cuartango, este verano ha publicado en ABC varios artículos al respecto. Hay que leerlo. España es esa colusión entre la naturalidad, la alegría y el aire desenfadado que aromatiza el sur con la seriedad, sobriedad y las buenas maneras que conserva el norte. Es así nuestra patria. Así es nuestra nación.

El verano se ha acabado. El curso ha comenzado. Las mascarillas se quedan. Después de un confinamiento severo, que dio pingües resultados un mes; un verano plagado de incertidumbre; una ola que parece que se va a convertir en un maverick y una clase política digna del más soez exabrupto, se afronta la llegada del otoño. Este año también caerán las hojas, se teñirá el paisaje de marrón y los campos tornaran sosos.

Es hora de ponernos la vida por montera y salir. Hay que volver a la normalidad. A la de antes. El gran problema de esta crisis es que el ser humano del siglo XXI en Occidente se ha olvidado de la muerte. No la piensa, no la contempla, prefiere olvidarse de ella. Algo así como que si no se recuerda algo es que no pasó. Como si esa fuera una solución adulta y no lo que es: una acción propia de perdularios.

No podemos seguir así. El verano trajo la apertura de las puertas y el fin de la reclusión; decían algunos -ingenuos, como mínimo- que la cuarentena nos iba a cambiar. Olvidaban que los deseos, normalmente, son anhelos incumplibles.

Este iba a ser un obituario del verano 2020, pero ha salido una crónica biliar.

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