La felicidad
Desde hace un tiempo hay un tema
que viene preocupando y ocupando: la felicidad. Cómo ser felices de manera más
o menos estable y continuada. Julián Marías, filósofo al que he conocido
recientemente por mi director de tesis, Tomás de Domingo, la califica como el
“imposible necesario”. Imposible porque no se puede alcanzar en su plenitud;
necesario porque el hombre necesita un espoleo en su día a día, y ese espoleo
es la búsqueda de la felicidad.
Del blog de Tomás (se puede
acceder a la entrada clicando en su nombre) he obtenido otra visión. La
proporciona Rafael Navarrete, sacerdote jesuita, que halla la clave de la
felicidad en la aceptación gozosa de todo lo que venga; en definitiva, la
felicidad es una cuestión de voluntad. Tomás está de acuerdo con él, y yo también.
Explico mis razones.
Cuando hablo con la gente nota
cierta sensación de desánimo, de angustia vital. Esto fue tratado el otro día
en el podcast -que recomiendo encarecidamente- de RNE, “A la luz del pensar”, dirigido por
un profesor de filosofía llamado Carlos Javier González Serrano. En él se
entrevistó a la psiquiatra Marta Carmona, que recientemente ha publicado un
libro bajo el nombre de Malestamos. Cuando estar mal es un problema
colectivo, en Capitán Swing. La tesis principal de la entrevistada era que
la dinámica propia del sistema capitalista, basada en un incentivo fuerte del
consumismo, hace que los ciudadanos se sientan inmersos en una dinámica de
trabajo (para) consumir/consumo (porque) trabajo. Mientras escuchaba la
entrevista recordé la clásica tesis de la alienación marxista, en la que el
individuo no puede desarrollarse porque el sistema económico le apresa,
yugulando cualquier posibilidad de desarrollo libre. Por tanto, para Marta
Carmona el sentimiento de malestar o infelicidad tan presente se debe al
sistema económico y a las dinámicas que de él se derivan.
En mi opinión, esta tesis no es
del todo errónea, pues el individualismo exacerbado termina por aislar al
individuo, dejándolo solo a merced de los avatares vitales. El individuo, como
ya indicó Aristóteles, es un ser social, y solo en sociedad se desarrolla
plenamente. Esto me lleva a entender que el desarrollo de una vida buena,
agradable solo puede darse en el marco de la sociedad, tejiendo lazos con el
prójimo. Esto no quiere decir que haya que lanzarse a los brazos del otro,
solamente que una faceta del hombre solo puede alcanzar su desarrollo máximo cuando
se está en contacto con el otro. Y, como la felicidad es el desarrollo de todas
las facetas del hombre, sin la sociable no se puede ser plenamente feliz. Por
esta razón creo que lo expresado por Marta Carmona tiene parte de razón.
Además de la faceta social, no se
puede ser plenamente feliz sin completarse uno mismo. Esto es, se debe trabajar
con uno mismo para poder afrontar la vida con felicidad, y este trabajo con uno
mismo es, como decía Rafael Navarrete y citaba Tomás, una cuestión de voluntad.
De afrontar la cotidianeidad con buena predisposición; de entender que el paso vital
es siempre tortuoso, irregular. Pero, al mismo tiempo, tener presente que la
actitud con la que se está en la vida es la clave para ser felices.
En definitiva, la dinámica en la
que estamos instalados puede producir una insatisfacción vital, pero esto no
nos debe llevar a la infelicidad, que es la peor sensación que uno puede tener.
Ante esto, disponemos de dos herramientas: la sociabilidad, vivir proyectado
hacia el otro; y la actitud propia con la que se afronta el día a día.
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