YO NO

 

Ayer, a las 23:15, terminaba el fantástico libro ‘Yo no’ de Joachim Fest. Hará cosa de tres años escuché hablar de él por primera vez. Lo recomendaba Mario Noya en su programa, ‘LD Libros’ -maravilloso programa cuya emisión es a horas intempestivas-. Decía Noya que era un libro excelente, pues contaba cómo una familia se oponía al nazismo en la propia Alemania. Es decir, se enfrentaban al régimen, junto con el soviético de Lenin continuado por Stalin, más tiránico de la Europa del siglo pasado. El de los campos de concentración, como el Dachau, al que pude visitar hace apenas dos años. Debería ser obligatorio.

Un día fui a Murcia a la librería Diego Marín para buscarlo, pero decidí, finalmente, adquirir las ‘Meditaciones’ de Marco Aurelio, que tampoco está mal. Volviendo al tema que nos ocupa, compré el libro del historiador alemán hará cosa de cinco o seis meses. Entre exámenes, estudios, holgazanería remediable y demás circunstancias, lo empecé pero no lo acabé. Finalmente, hace una semana, al verlo en mesita de noche, decidí volver a él y terminé ayer.

  Joachim y su padre, en la portada del libro

Lo tengo fresco, así que voy a intentar resumir aquí cuán grandioso es. Hay que decir que es un libro de memorias, con lo que eso conlleva. Describe, primeramente, a su familia. Wolfrang, Winfried, sus dos hermanas y sus padres. En concreto a su padre, que es pieza central en todo el libro. El núcleo irradiador. Su padre es el faro iluminador en la penumbra germana durante el mandato de Hitler. Fija las reglas, manda las actitudes, reprime las desviaciones. Se demuestra, no solo en las injerencias durante el crecimiento de Joachim, sino al final, cuando ya había acabado el horror y a éste le proponen realizar un documental histórico en el diario en el que trabajaba, en las reticencias que aduce porque su padre siempre se mostró contrario a rememorar viejos tiempos.

Por otro lado, encontramos a su madre. Fiel luchadora. A la sombra de su marido, pero siempre mostrando el lado pragmático de las posiciones familiares. Coincidía con su marido en el fondo, mas temía que las formas les condenasen, a toda la familia, a la muerte. En su recta final vital acaba reconociendo que su vida se había ido sin haberla disfrutado. Como la idea cristiana de la vida, como el camino lleno de sinsabores y angustias.

Su hermano, Wolfrang, falleció en el campo de batalla. Engordando las listas de millones de muertos que dejó la II Guerra Mundial. Fue alistado imperativamente por los nazis. De la lectura del libro se colige que era un tipo fino, leído, morigerado. Un humanista que murió defendiendo la idea contraria a la que predicaba. El pesar por su muerte arrastró las postrimerías de la vida de su madre, quien, señala Joachim, no podía permanecer en la sala cuando se le mencionaba.

El libro abarca su vida, muchos años. Narra su infancia, cómo era la vida en la Alemania de entreguerras. Una familia acomodada, pues su padre era maestro. Vivían sin apuros económicos, tan solo algunos apretones que pegaba la vida, como es propio de ella. Una familia aleccionada por el padre en pro de la República de Weimar.

De esa vida feliz, llegan los primeros temores por la notoriedad de un tipo llamado Hitler. Ese que salió de la cárcel y andaba por las cervecerías muniquesas dando mítines, culpando a los judíos y bramando por las injustas condiciones impuestas tras Versalles a Alemania.

El ascenso al poder de Hitler, la quema del Reichstag y, quizá lo más tremebundo, el cambio social. Los vecinos, los amigos, los compañeros de clase, los colegas de trabajo empiezan a negarte el saludo, a mirar con desconfianza, a cuchichear, a evitarte. Esa sensación de sentirte incómodo porque la sociedad te excluye. Mientras tú sigues fiel a tus convicciones, el mundo a tu alrededor cambia. Se transforma siguiendo los pasos de alguien que pretende reventar los pilares del sistema. Y con la complicidad cobarde del resto lo hará. Llegó el nazismo, los cambios de domicilio, la escasez de comida, los internados, la instrucción militar.

Luego la guerra, y pocas cosas son peores que ser compelido a matar. A matarse entre personas que no se conocen al servicio de dos regímenes. Una vez acabada la guerra, llega la reclusión en campos estadounidenses, que a diferencia de los franceses no te escupían y, por lo menos te alimentaban. La vieja idea que, al menos a mí me metieron en la enseñanza pública, de que en los campos de concentración solo eran cosa de alemanes o rusos (aunque estos bienintencionados, porque el comunismo todo lo hace en pro del Bien) es falsa. Fest cuenta cómo trataban los franceses a los prisioneros, ya acabada la guerra.

Por primera vez encuentro una voz realista cuando cuenta la liberación. El tren a Friburgo y la vuelta a la normalidad. Después de haber estado en la guerra y haber sido prisionero, volver a la vida se antoja cuanto menos laborioso. Volver a generar ganancias, conocer qué fue de tus viejos amigos que ya no están. Ver a tus padres, demacrados y exhaustos, tras una guerra. Ver a tu padre tras pasar varios años como prisionero en un gulag venir demacrado, como la sombra de lo que fue. Sabiendo ya que jamás se recuperaría. La cabeza no era la misma, había muerto en Rusia pero seguía viviendo a malas penas.

Todo esto, y mucho más, se puede encontrar en el libro de Fest. Lo recomiendo, aunque solo sea para valorar el sistema en el que vivimos.

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