ESE GRAN HOMBRE LLAMADO DAVID GISTAU
Conocí a Gistau por casualidad,
como casi todo en esta vida. No recuerdo bien dónde ni cómo, pero sí sé que fue
leyendo algún artículo suyo en El Mundo. Solo recuerdo que pensé: me gustaría ser
como este tío, coño. Escribe como los ángeles de política, boxeo y fútbol. Quiero
tener esa prosa, eso es lo que en esta vida, alguien como yo, puede aspirar.
A partir de ahí le seguí
asiduamente. Intentaba no perderme sus columnas, especialmente la de deportes
por aquello de ver a un prosista hablar de algo tan banal como el último fichaje
del Madrid. Al tiempo descubrí que colaboraba con Carlos Herrera por las mañanas.
Su voz no se correspondía con ese cuerpo de leñador escocés, pues esta era
dulce y agradable.
Por aquel entonces empezaba a
desarrollar la sana costumbre de leer periódicos diariamente. Los leía en clase
mientras un tío nos daba Tributario o Políticas Públicas en la ignota facultad
de Salesas. Descubrí a Bustos, ese tipo que maneja el lenguaje como nadie;
también a Jabois con sus columnas a medio camino entre la morriña gallega y el
papanatismo castizo; Rafa Latorre, siempre perfecto, nunca desbordado. También a otros que no nombro porque esto va dedicado a David.
Durante un tiempo, entre el
ajetreo propio de la vida y el empacho político, no leía tan a menudo periódicos.
Entraba para ver si escribía Gistau porque era la único al que leía a pesar del
tema sobre el que versaba su columna. Yo leía a
Gistau independientemente de si me hablaba de la última pelea de Ángel
Moreno en el Casino o de la sesión parlamentaria del día anterior.
Y no aparecía. ¿Habrá desertado?,
pensé. No creo, quise creer. Pero la pura verdad era que no estaba. Al poco tiempo
vi de pasada una noticia con su cara y cuando leí el titular pensé que no podía
ser cierto. Gistau ingresado por un accidente mientras practicaba boxeo. Lo
lógico, al leer el título, es creer que es un accidente menor, propio de algún
guanteo descontrolado. Pero resultó que no, que le había dado un derrame
cerebral y lleva tres meses en coma. Así, de sopetón.
No se decía nada de cómo estaba, ni si se esperaba una recuperación temprana. Solo que llevaba tres meses. Cuando hay ausencia de noticia es porque lo peor está acechando. Finalmente, a las semanas volví a ver una noticia ilustrada con su cara. Era su necrológica. David Gistau había fallecido tras cuatro meses en coma. Lo sentí como si le conociera. Como si se hubiera muerto un amigo. Alguien con quien mantenía una relación personal. Un hermano. Aquello era dolor. Jamás lo había sentido así, ni cuando se murió mi abuelo materno. Sobre todo, porque no hacía mucho que, en una entrevista, dijo "tengo miedo a morir prematuramente", y eso fue lo que hizo: irse antes de tiempo.
Con el tiempo me he ido aficionando
al boxeo y, claro, es irremediable no acordarse de quien era el gran aficionado
con escaparate nacional. También me acordé cuando en Conexión Vintage hicieron
un especial Ali-Frazier y salía él. Volví a escuchar su voz. Me reencontré con
mi amigo. Acaba de publicarse una antología de sus mejores columnas, El Penúltimo
Negroni. Este verano lo leeré a buen seguro. Hasta ahora he estado leyendo
su libro Golpes Bajos, pero no del grupo de Germán Coppini, sino de los
que te dejan hepático. He vuelto a reencontrarme con su prosa, pero esta vez en
su estilo literario, de novela. Como casi todo lo que me pasa, me invade una
sensación de haber llegado tarde a los sitios. De no haberme dado cuenta y
leerlo con -más- fruición de lo que lo hice cuando publicaba diariamente. Tengo
delante el periódico que compré el día que murió en el que muchos compañeros
escribían obituarios en su periódico El Mundo. Lo conservo siempre presente en
mi cuarto como un símbolo que me haga recordar que esa es la estela a seguir.
Hasta aquí mi obituario en
homenaje a ese gran hombre llamado David Gistau.
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