ERIAL DE ALTIVEZ Y SOBERBIA


La nombraré por no redundar “escribo para no suicidarme”. Escribir es un acto de rebeldía. De autodefensa contra el ajeno. Hace poco leí un poema que decía llegar al fin/hasta la puerta/de tu casa/entrar echar todas las cerraduras/y, como quien saborea/el sabor de la venganza,/decirlo:/”ahí/os quedáis,/hijosdeputa.

No es más que la sensación habitual tras un día duro de trabajo. Te levantas, sábanas pegadas, legañas en los ojos, sensación de frío y ventisca fuera. Estás en tu cama. Tu refugio. Tu trinchera. Ahí fuera, en todo lo que no sea el límite del colchón, te espera un día largo. Pelear contra todo. Dejar que las horas pasen mientras tú, como de costumbre, añoras aquello que no puedes hacer. Intentas olvidarte, pero la pregunta sigue rondando en tu cabeza sin ningún ánimo de irse. ¿Qué podría estar haciendo si no estuviera haciendo ésto?

Disco de Sabina. El primero después de la
depresión que sufrió. 
Pasan las horas. El trato con la gente es siempre el mismo. La misma banda de indocumentados que pobla y pisa este mundo sigue intacta. Lidias con ellos -no queda otra si quieres ser alguien mínimamente social-. A menudo me pasa que cada vez me cuesta más encontrar a gente con la que merezca la pena sentarte a charlar, a tomar un café o a escuchar música. Empiezo a preocuparme porque no quiere sentirme excluido de la sociedad, pero a la vez me enorgullezco de no ser parte del jaez social que cohabita la Tierra.

Todo se basa en la apariencia. Poca gente va más allá del envoltorio. Leemos a gente que nos hace masticables a los clásicos. Escuchamos a periodistas que nos dicen lo que les dicen que dicen sus ‘fuentes. La inmensa estupidez humana se halla en pleno apogeo.

La ostentación es la tónica habitual. Conozco a poca gente que sea capaz de mostrarse como es. Ni yo mismo lo hago. La anécdota es la noticia. El tuit es el medio de información. El hablar, en lugar del decir es hábito de consumo.

La juventud, esa que mira con absoluto desprecio, tiene cánones desviados. Entraba el otro día en una librería que estaba enfrente de un bar de copas donde había algunos conocidos que me miraban con escarnio. Me giré, les saludé, conversación fáctica y despedida. Al irme notaba sus miradas, sus escrutinios y, por supuesto, al estar más lejos vendría el comentario eutrapélico. Yo cruzaba la calle que llevaba a la biblioteca mientras pensaba una y otra vez en los versos arriba citados. Sentía que estaba en otro universo, no superior, sino distinto, de lo que podrían estar ellos. La humildad que transmite Michel de Montaigne ha florecido en el erial de altivez y soberbia que era años atrás.

Entré, y cuando salí, ya no estaban. Volví a casa pensando en el hecho de cómo teniendo la misma edad, habiendo estudiado en el mismo colegio éramos tan distintos. ¿Hay puntos de conexión entre ellos y yo? Seguramente no.

Cuando llegué a casa, vi que había subido una foto que titulaba: “seguimos estando los mismo. Os quiero, hermanos”.

Paisanaje de Sabina retrata muy bien la situación. La apología del analfabetismo, engreimiento y chabacanería es el vivo retrato de una juventud que desconoce a Montaigne, pero cita a una tal Mery Turiel como pensadora de referencia.

Pues eso. Ahí os quedáis hijosdeputa. Me vuelvo a mi cama.

Hasta mañana.


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