CRÓNICA DE UNA VENGANZA SOÑADA


Hace tiempo que vengo imaginándome el futuro. A veces, cuando tengo algo de tiempo, pruebo a imaginar qué será de mí en un futuro. Opositando a algo. Metido en político. Montando alguna empresa. En fin, si sé qué haré mañana, cómo para saber dónde estaré en tres años. Los derroteros de la vida me han llevado a estudiar una carrera como Ciencias Políticas, a ser árbitro, a ser hijo único, a ser latino, a vivir en un país desarrollado, a tener una vida desahogada y cómoda. Todo lo que soy, menos lo que pienso es cosa del azar. El pensamiento es lo único que viene por azar y sí por lecturas y reflexión.

Extraída del diario argentino Clarín.
Los sátrapas de medio pelo llamados coaches que escriben libros de autoayuda para enseñar a ser feliz, desarrollan teorías de motivación -véase justificación- para que la gente se autoimponga unas lentes que desvirtúen la realidad. Sí, la cruda realidad. La realidad de que vive una vida de perros. La realidad de que se ha casado con una mujer que no quiere, pero por comodidad y rutina no se atreve a dejarla. La realidad de que sus deudas alcanzan cotas insufribles. La realidad de que se cambiaría por aquél que, cuando estudiaba, iba a su clase, pero no salía. Aquél que se pasaba los viernes tardes con un libro en lugar de un cigarro. Aquél que madrugaba los domingos y se bajaba con sus padres. Aquél que no tenía coche a los dieciocho, pero soñaba con tenerlo. Aquél que no cobraba los viernes. Aquél que no podía invitar a su ligue a cenar porque no tenía ingresos. Aquél que suspiraba por la chica que te daba la mano. Aquél que despertaba las risas y los comentarios sarcásticos de tipos como tú. Aquél que no podía irse los sábados por los bares porque tenía que estudiar. Aquél que, mientras tú hablabas de temas insustanciales, hablaba de libros, teorías o fórmulas.

Ahora ese tipo tiene una vida acomodada. Tampoco es plenamente feliz, pero no tiene problemas económicos. Desempeña un trabajo vocacional que le permite gozar de tiempo libre para dedicarlo a sus hobbies. Tiene un coche que jamás un tipo vulgar como tú podrá conducir. Viaja más de dos veces al año y no a Roquetas, ni a Mojácar ni a Peñíscola.

Ese tipo al que mostrabas tu indiferencia, al que intentabas amedrentar, ese tipo que se licuaba amén del miedo que le infundías, aquél que pagaba tu rabia y tu cobardía. Aquél está hoy paseándose por las calles mientras tu jornada laboral se perpetúa a la sombra de la febril bombilla del sótano de la fábrica.

Y de repente, te lo encuentras un día por la calle. No le reconoces en un principio, pero a medida que se acerca sí. Él, en cambio, te ha reconocido desde el primer momento. Tú vienes con las manos grasientas y el mono de trabajo, él con su abrigo y pantalones impolutos. Es el momento en el que os saludáis. Tú le miras con esa cara alicaída, fúnebre y tenue; él te sonríe con esa sonrisa que tanto tiempo llevaba esperando poder hacerte. Esa sonrisa que hace que la vida, a veces, otorgue oportunidades de consumar pequeñas venganzas. Mientras tú te alejas, él se da media vuelta y te mira. Y ve lo que siempre ha visto, pero no se daba cuenta. Ve a un tipo que preso de sus inseguridades y su falta de inteligencia ha entregado su vida a las faltas de ortografía y a los gazapos lingüísticos.

Podría ser lástima el sentimiento que causas en él, pero no. El sentimiento es de orgullo. Orgullo que tanto tiempo se tragó y que ahora aflora espontáneamente. Orgullo que hace que todo ese tiempo para él fuese inversión y para ti gasto. O quizá malgasto.

 En el futuro no sé quién seré. Espero ser el segundo, mas es impredecible. Así que, de momento, solo me queda que tragar orgullo, soportar miradas altivas y trabajar para que alguna vez la vida me ponga en bandeja una venganza como la que pudo realizar el protagonista de esta historia, que no es más que el protagonista de mis sueños ilusos del presente.

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