ACTUAR DE FORMA IRREVERENTE


El Pana y su analfabetismo crónico. 
Andaba por ahí sin hacer nada. Es decir, viviendo. Escuchaba el podcast de Domingo Delgado de la Cámara -mi crítico taurino favorito- hablando del toreo en Méjico. Hablaba de Amillita chico, de Silverio, de Manolo Martínez y muchos otros valientes que intentaron, en la Patria querida, relanzar el arte taurómaco.

Contaba la evolución del toreo mexicano hasta la actualidad. Y claro, nombró al más artista que dio Méjico: Rodolfo Rodríguez El Pana. Su concepto del toreo alejado de clasicismos, misticismos y oficio. Detestaba eso que llaman escuelas o tauromaquias. El Pana hacía el toreo artista, el más difícil, puro y difícil. Aquél cuya base es la improvisación en consonancia con el estado de ánimo que el torero tenga. Habló de su concepto y de su vida. Sin embargo, nombró algo que no había oído. Recordó el último brindis que hizo en el último toro de su carrera en la plaza Monumental de México. Inmediatamente lo busqué en YouTube y salió. Dice así: Quiero brindar este toro, el último toro de mi vida de torero en esta plaza, a todas las daifas, mesalinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis, putas; todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron mi sed cuando El Pana no era nadie; que me dieron protección y abrigo en su pecho y en sus muslos en mis soledades. Que Dios les bendiga por haber amado tanto. ¡Va por ustedes!

Más allá de lo que el mensaje pueda parecer obsceno o fuera de lugar, es un mensaje que invita a la reflexión. Lo que El Pana hace no es más que el agradecimiento a aquellas mujeres que cuando él no era una persona conocida, le arroparon. La embriaguez de la fama llega muy pronto. De repente, miles de chicas se fijan en ti, los contratos y los eventos sociales llaman a la agenda, el móvil no para de sonar, las cámaras se agolpan en la puerta de tu casa, los patrocinadores no paran de reclamarte para que seas la cara visible en el próximo anuncio. La borrachera de popularidad requiere de una mente sana, amueblada. Requiere de menos palmeros y más dureza en las críticas. Sin quererlo, aparece el fenómeno -autóctono andaluz, pero no sólo- del agradaor. Este tipo carente de valores, siempre se acerca para adular e intentar sacar algún beneficio del tiempo que pasa piropeando.

Es cierto que pasa con actores, futbolistas, presentadores y demás gremios pegados al famoso, mas con los toreros son especialmente peligrosos. Los meapilas con toreros los condenan a la más absoluta estupidez. Los que melifluamente se dedican a agrandar lo cosechados por los espadas, son los primeros en largarse cuando no salen las cosas, cuando se pincha un toro cuajado en una plaza importante, cuando toca un lote manso y malo que no permite estar bien en una plaza importante.

Muchos toreros que, desgraciadamente, no han tenido a su lado a personas que les alejaran los piropos y les acercaran las críticas, han caído en el peor mundo que puede caer un torero: el mundo de la prensa rosa y, con ello, el absoluto descrédito como torero. Les ha pasado a muchos, pero, quizá, el más cercano a nuestra era es Jesulín de Ubrique. Jesulín ha sido un toreo importantísimo, ostenta el récord de torear el mayor número de tardes en una temporada, 164. Cuando estaba en pleno apogeo de su fama, a todos los aficionados nos empezó a caer fatal cuando se dedicó a pasearse por la prensa del corazón y actuando de forma irreverente.

Nadie le recuerda como se merece por su actitud bochornosa que tuvo en su vida. Juzguen ustedes si el Toa es forma de ser un torero respetado. Por eso es el caso paradigmático. La fama es buena si te aprovechas de ella y perjudicial si dejas que otros se aprovechen de ella.
Las declaraciones de Rodolfo Rodríguez tienen mucho de verdad. Son declaraciones que revelan la realidad que padecen los toreros cuando alcanzan el clímax de la fama por su buena praxis en su oficio.

Por eso he querido rescatar una de tantas verdades que dijo el filósofo de Rasinari. “Deambulo a través de los días como una puta en un mundo sin aceras”. Decía, también, que las colipoterras -como así las calificó Cela- eran sus compañeras nocturnas cuando sufría sus crónicos ataques de insomnio e interlocutoras de lujo para darse la dosis de realidad diaria que necesitaba.

Finalmente, El Pana murió tetrapléjico a causa de una cornada (no fue la última que les brindó a las prostitutas) y Cioran a causa de Alzheimer en una residencia. Dos genios con una admiración en común. Lo que junte la lujuria que no lo separe el Limbo.

Ah, no, que el Papa lo ha eliminado.


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