La Iglesia y el sexo: ¿confusión o desconocimiento? Parte II: a propósito de la encíclica "Humanae Vitae"
Tras haber expuesto en la entrada anterior mis dudas acerca de la doctrina de la Iglesia católica sobre el matrimonio y la finalidad procreadora del mismo, he consultado con un amigo bastante ducho en Teología la cuestión. Su contestación, adelanto, no me ha dejado del todo satisfecho, pero, como fue aquí donde expresé las dudas, es aquí donde voy a tratar de exponer su contestación a la vez que iré formulando preguntas.
En primer lugar, el texto de referencia que me indicó fue la encílica de Pablo VI titulada "Humanae Vitae", de 25 de julio de 1968; concretamente, del punto once al diecisiete. Con anterioridad a dichos puntos, el autor reitera las cuatro características del amor conyugal: humano, total, fiel y exclusivo y fecundo. Precisamente, a colación de la fecundidad surge el concepto de "paternidad responsable", que se concreta básicamente en la voluntad de tener una familia numerosa -pero incorpora excepciones-:
"En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido" (punto 10).
Ahora bien, ¿cómo deben ser los actos encaminados al engendreamiento de los hijos? En "casta intimidad", es decir, deben estar orientados al fin último: la procreación. No hay acto sexual válido, amparado por la Iglesia, que no tenga como fin la procreación, lo que supone que no hay lugar para el acto sexual por goce o placer. Por consiguiente, no puede haber negativa a no procrear: los cónyuges deben siempre estar dispuestos a tener actos íntimos para seguir el plan de Dios. Pero, ¿qué ocurre si hay un cónyuge que es más reacio a tener relaciones, o, dicho con otras palabras, puede entenderse que hay una obligación en los cónyuges de tener relaciones? Transcribo la respuesta íntegra:
"Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su condición actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos. Así, quien reflexiona rectamente deberá también reconocer que un acto de amor recíproco, que prejuzgue la disponibilidad a transmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida. Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad. Usufructuar, en cambio, el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador" (punto 13).
Confirmamos, pues, que las relaciones sexuales no pueden ser por mero goce o placer: son una especie de "peaje placentero momentáneo" que el hombre debe usar (usufructuar), pero siempre que este esté ordenado al engendramiento.
Una vez establecida la obligación de tener relaciones sexuales porque es el único medio que Dios ha concedido al hombre para que pueda procrear, cabe analizar cómo debe hacerse ese acto; es decir, qué medios pueden (o no) usarse para llevar a cabo ese fin. Llegamos al análisis de los anticonceptivos. En este punto se reitera lo que ya indicaba en la entrada anterior: el único medio para impedir la concepción son los métodos naturales o agenésicos, siempre que haya "serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores" que lo aconsejen. Evidentemente, el aborto está absolutamente vedado en todo caso. ¿En todo, todo, hasta en los casos de riesgo para la salud de la madre?, podrán preguntarse ustedes. Pues sí, en todos los casos la mujer debe seguir con el embarazado, aun cuando este pueda conllevar la pérdida de su vida:
"En conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y cristiana del matrimonio, debemos una vez más declarar que hay que excluir absolutamente, como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas" (punto 14).
En relación con los anticonceptivos, en la anterior entrada argumentaba que no comprendía dónde radicaba la diferencia entre el uso de métodos agenésicos con un claro fin anticonceptista y el uso de anticonceptivos artificiales. Ante esta duda, Pablo VI señala que hay una diferencia esencial: la naturaleza de cada método:
"[E]ntre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales. Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los cónyuges están de acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole por razones plausibles, buscando la seguridad de que no se seguirá; pero es igualmente verdad que solamente en el primer caso renuncian conscientemente al uso del matrimonio en los periodos fecundos cuando por justos motivos la procreación no es deseable, y hacen uso después en los periodos agenésicos para manifestarse el afecto y para salvaguardar la mutua fidelidad. Obrando así ellos dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto" (punto 16).
Pero, ¿no cabe objetar que los anticonceptivos artificiales, en la medida en que son fabricados por el hombre, que está hecho a imagen y semejanza de Dios y, por tanto, dotado de una inteligencia única que permite predicar de ellos, entre otras cosas, la dignidad fundamentadora de los derechos humanos, son creaciones también naturales? Es más, ¿cómo se fabrica un anticonceptivo? ¿No es este la unión realizada por el hombre de sustancias naturales (un medicamento se fabrica mediante fórmulas químicas con materiales naturales)? Creo que la Iglesia trata de aunar lo que no puede estarlo: los anticonceptivos previos a la concepción no pueden ser comparables a los posteriores (píldora postcoital o aborto). Mientras que en los primeros no se ha producido la concepción, en los segundos hay un finalización de la vida.
Consciente de estas dificultades, la encíclica da un paso más. Con el objetivo de apuntalar el rechazo de los anticonceptivos artificiales, se apuntan dos consecuencias que el uso de estos métodos pueden provocar. La primera:
"[E]l camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia" (punto 17).
¿Es más adictivo el sexo que el alcohol o el tabaco? Esta sería una primera cuestión necesaria. No alcanzo a comprender por qué se infiere, salvo por un interpretación desvirtuada, que el sexo es siempre adictivo. Además, ¿por qué el hombre adicto al sexo tiene necesariamente que ser infiel? Puede, y de hecho conozco, casos en los que la frecuencia sexual de una pareja es alta, pero ello no comporta una infidelidad.
La segunda consecuencia sería el respeto a la mujer:
"Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada" (punto 17).
Esta segunda consecuencia entronca con lo señalado anteriormente, la Iglesia no admite, porque lo censura, que haya un sexo buscado, querido y, por tanto, que pueda ser la mujer quien lo proponga. La denostación del sexo por placer conlleva indefectiblemente a esta situación: el deseo de intimidad con tu marido es concebido como una forma de lujuria pecaminosa. La mujer debe contenerse, no puede expandirse en los actos sexuales íntimos. Es más, ¿por qué no se respeta a la mujer cuando se tiene sexo frecuentemente con ella? El sexo, creo, debe naturalizarse, entenderse como una verdadera oportunidad para la compenetración de la pareja.
En definitiva, como creyente, creo que el magisterio de la Iglesia adolece de mayor consistencia en esta cuestión. Un paso adelante sería tratar de desprejuiciar el sexo, no hacer de él un acto solemente, casi un sacramento. Me parece perfectamente compatible sostener que el faro que guía el matrimonio es el amor conyugal y la apertura a la procreación con el reconocimiento de la posibilidad de disfrutar, siempre dentro del matrimonio y con la debida anuencia de los dos cónyuges, del sexo. Tan solo así, cuando los hijos de verdad se desean y se tienen en el marco de un matrimonio impregnado por el amor, puede formarse una familia verdaderamente feliz.
P.D. Evidentemente, estas reflexiones son siempre provisionales. Estoy abierto a conocer más o mejor la cuestión, y, en su caso, rectificar mi posición.
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