La Iglesia y el sexo: ¿confusión o desconocimiento?

 Suele decirse que la izquierda tiene un problema con el dinero y la derecha con el sexo. Bien es cierto que esto es una generalización, pues se asume que toda la izquierda es anticapitalista y toda la derecha católica; sin embargo, asumiendo ese riesgo, puede sostenerse que esta tesis no anda tan desencaminada. Veamos por qué. 

Siempre me ha extrañado el excesivo puritanismo que traslucen los planteamientos del catolicismo. Ayer, leyendo "Los principios de la doctrina social de la Iglesia", publicados por el profesor Javier Hervada en la revista Mundo Cristiano, me detuve especialmente en el apartado "matrimonio y familia". En él se señalaba lo siguiente: "por su índole natural la misma institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de los hijos". Hasta aquí no hay ninguna objeción: la procreación es el objetivo fundamental del matrimonio. Pero a partir de aquí comienzan las complicaciones: para la doctrina de la Iglesia la fecundidad supone que el uso de anticonceptivos o de control de la natalidad, fruto de lo que se denomina "actitud antinatalista", supone la degradación y corrupción del orden de la vida conyugal: "la mentalidad anticoncepcionista es siempre viciosa y moralmente mala, con independencia de los medios". De esta forma, todo el sexo que se tenga en el seno de un matrimonio debe estar orientado al objetivo de engendrar y tener hijos. Los que sean, pues eso es competencia de Dios. 

Ahora bien, las circunstancias vitales, en determinadas ocasiones, pueden desaconsejar tener más hijos o, incluso, tener alguno (piénsese, por ejemplo, en situaciones de pobreza absoluta, de riesgo para la salud de la madre o situaciones en las que la mujer no quiere ver reducido su proyecto vital a la mera crianza de hijos y desea, entre otras cosas, afrontar retos profesionales y personales que solo pueda emprenderlos con una situación personal menos encorsetada por el cuidado de su prole). Este último caso ni se contempla: no hay más alto fin que el de formar una familia. Para los dos primeros casos la Iglesia contempla una excepción: "Distinta, tanto moral como antropológicamente, es la actitud de quienes, aceptando con sinceridad la dimensión fecundativa del matrimonio, se encuentran objetivamente con causas justas -de salud, eugenésicas, económicas o sociales- que desaconsejen tener más hijos, temporal o definitivamente; en estos casos es lícito recurrir a los períodos agenésicos o continencia periódica (Familiaris consortio, 32) -no a otros medios-". Si en esas circunstancias se admite las prácticas agenésicas -que, recordemos, también se califican como parte de la mentalidad antinatalista en circunstancia normales-, ¿por qué el uso de anticonceptivos artificiales no? Esto es, ¿qué hay de diferente entre tener sexo en determinados días, precisamente porque son los días menos fértiles y, por tanto, se intenta evitar la concepción, y tener sexo cualquier día usando un anticonceptivo? A mi juicio, la diferencia solo puede prevenir de una concepción previa del sexo como una práctica viciosa, insana. Esto solo es explicable desde la base de prejuicios; en este caso, prejuicios basados en un puritanismo un tanto absurdo, que convierte una dimensión esencial del hombre y, más aún, de la pareja, en un acto rodeado de un misticismo que lo termina por desvirtuar. 

Pero es que, además, si el sexo -como asumo- es una dimensión del hombre, resulta casi imprescindible, para poder decidir correctamente quién debe ser tu esposa tener presente con el objetivo de que ese fin de procreación y felicidad se pueda producir, comprobar si se es compatible en dicha dimensión. No parece posible sostener que es importante seleccionar a la esposa en base a ciertos criterios como los valores, su cosmovisión, la forma de educar, el proyecto de vida o el deseo de querer formar una familia, y, al mismo tiempo, denegar la posibilidad de poder conocerla en el plano más íntimo posible. 

Estos recelos con el sexo solo pueden provenir de una visión distorsionada, quizá por desconocimiento de los que emiten la doctrina, del sexo. Si de verdad se entendiera que, por sí mismo, el sexo es una forma de compenetración, de complicidad, incluso -admitámoslo-, de goce, no habría obstáculos en tratar de cohonestar la finalidad de procreación propia del matrimonio y necesaria debido a la actual situación demográfica y la propia realidad social del noviazgo y de los proyectos personales que, a veces, aconsejan no buscar la fecundidad.

Yo, que soy creyente y me parece que el catolicismo ofrece una de las cosmovisiones más plausibles de la realidad, creo que yerra con la posición que mantiene respecto del sexo y del matrimonio (también respecto al divorcio, pero eso es, como dicen los castizos, harina de otro costal). Convendría, por el propio bien de la Iglesia y de los creyentes, que se repensaran algunas de las cuestiones que se dan por sentadas e inamovibles. Nunca es tarde para salir de un error. 

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