Toda vida humana merece ser vivida.
Andaba yo tomando un café cuando vi el tuit de una diputada del Reino de España; en concreto, Andrea Fernández, diputada por la provincia de León en el Congreso de los Diputados. El tuit decía lo siguiente: «Y aunque a algunos les parezca increíble, garantizar procedimientos para interrumpir el embarazo de manera segura, cercana y medicalizada protege la salud de la mujer y TAMBIÉN redunda en la dignidad del no nacido». Quedé estupefacto.
Inmediatamente, busqué su
biografía en la web del Congreso para ver quién era la diputada curul. No me
extrañaría si lo hubiera dicho José Zaragoza, distinguido político profesional,
pero de esta chica no conocía nada. Resulta que es graduada en Derecho y
abogada, así como estudiante de doctorado -ahora, el “cosmopaletismo” ha hecho
que se autodenominen “PhD student”, y esto se da en esta circunstancia, ya que
al lado de su nombre en Twitter tiene una bandera de la UE-. Bien, podríamos
decir que se le presupone un mínimo de instrucción procedente del título
universitario que glosa en su currículum. Sin embargo, el apriorismo devino
falso, pues la barbaridad que expresa en el tuit es insondable.
El único argumento que se esgrime
para catalogar al aborto como “derecho” es que el feto no tiene vida, es
decir, no es un ser humano; ante esta situación, la mujer puede abortar porque,
al no ser vida, es una decisión que únicamente compete a la mujer. No obstante,
nuestra señoría parece no asumir este argumento, pues atribuye dignidad al concebido
no nacido -nasciturus, diríamos en Derecho-, por lo que podemos colegir
que, dado que se le atribuye dignidad, y ésta es un atribute exclusivamente humano,
considera que todo concebido es una persona humana; por consiguiente, lo que ciertamente
quiere decir es que está a favor de que se mate a vidas humanas. ¿Habrá reparado
la diputada en la barbaridad que acababa de decir cuando escribía su tuit? Espero,
sinceramente, que no.
Toda vida humana, por el hecho de
ser humana, es digna y, por tanto, merece ser vivida. De no asumir este axioma
estaríamos muy cercanos al biologicismo que, entre otros, asumió el nazismo.
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