PIROPOS
He de reconocer que escribo desde
la inseguridad por el caldeado ambiente social que hay alrededor del tema de
los piropos. En un primer momento, no me parecía una cuestión ciertamente relevante
y siempre entendí que un piropo, cosa bastante normalizada, era, incluso, de
buen gusto proferirlo.
Que alguien te halague, en principio,
no puede ser malo o nocivo. Sin embargo, la realidad casi nunca sucede así. El
otro día iba andando de camino a casa cuando de frente venían dos chicas con
ropa deportiva hablando entre ellas. En la acera de enfrente estaban reformando
un local. De repente, casi a la vez que yo me cruzaba con las chicas, escuché un
grito voncinglero que decía “¡vaya dos “rubiacas”! ¡Cómo me las apretaría!” Todos
giramos la cara y vimos a un sujeto sin camiseta, con un cigarro en la oreja y
las manos llenas de yeso que se reía mostrando su dentadura escasamente cuidada;
los demás colegas se reían a carcajadas, a lo que él se enorgullecía de su
hazaña.
Lo que en un lado de la acera era
jolgorio; en el otro, donde estábamos las chicas y yo, convivían dos tipos de sensaciones:
inquietud e intimidación por parte de ellas; estupefacción y vergüenza ajena
por mi parte. Nos miramos. Yo negué con la cabeza; ellas, inmóviles. Cuando me
quedé mirando al tipo, me miró desafiante. Le iba a increpar su conducta, pero
llegó mi padre por detrás, que lo había presenciado todo, y me conminó a que nos
fuéramos a casa, que no valía la pena hablar con “simios”, dijo textualmente.
Me quedé pensando toda la tarde en
lo sucedido. Se lo conté a mi novia, también a dos amigos -chico y chica, para
ver si había algún cambio en la opinión sobre el asunto por ser de sexo distinto.
Las respuestas de ellas fueron estremecedoras: al igual que las chicas, les
habían dicho cosas semejantes por la calle; mas, tanto a mi amigo como a mí,
jamás nos había sucedido ni conocíamos casi de hombres a los que les hubieran
gritado por la calle. Me resultó curioso.
Al tiempo, lo comenté con otro
amigo y me dijo que tampoco era para tanto. Que no pasaba nada porque te dijeran
algo así, que era normal. En concreto dijo “hoy en día todo el mundo se ofende
muy rápido”. Le pregunte que por qué él pensaba que estaba bien expresar todo
lo que se piensa en todo momento, especialmente si se dirige contra alguien que
no se conoce sin saber cómo se va a sentir la otra persona. Me contestó, “no
sé, tío, yo siempre he visto lanzar piropos, es normal”. ¿Es lo mismo que algo esté
“normalizado” que algo sea “normal”? Yo creo que no.
¿Por qué hay personas que creen
tener derecho a expresar lo que piensan en todo momento? ¿Por qué hay personas
que tienen que aguantar que haya otros que de forma animalesca se dirijan contra
ellas? Un halago que se haga de buenas maneras, con buen gusto y, sobre todo,
en privado -nadie tiene por qué enterarse de lo que te parece una chica- no
supone ningún obstáculo; ahora bien, vociferar, en mitad de una calle, de forma
soez el deseo sexual que te despierta una chica que no conoces solo se le puede
antojar a un zote.
Comentarios
Publicar un comentario