LAS FORMAS DE ENTENDER LO COMÚN.


Cada vez, con el paso del tiempo, veo más clara la necesidad de poner en valor las dos concepciones de lo común. Esto que voy a reproducir a continuación no es mío, es una reelaboración de la lección que Tomás nos dio en clase.

Todo lo común no es público, pero lo público es, en palabras textuales de él, “la máxima expresión de lo común”. Ciertamente, es así: las cosas comunes no solo se circunscriben a lo público, sino que, por ejemplo, en una comunidad de vecinos hay cosas comunes que, evidentemente, no son públicas. En Derecho, se habla de condominio. Esta cuestión, lo común, tiene una importancia práctica capital en la forma de organización.

En concreto, en función de la concepción de lo común que se tenga se actuará de una forma u otra y, por ende, la convivencia se desarrollará de forma más o menos armoniosa. Considera él -y yo lo suscribo- que existen dos modos de entender lo común:

  • a)    Como una prolongación de lo privado.
  • b)    Como algo cualitativamente distinto a lo privado.

La concepción a) quien la aprehende, cree que puede usar la zona común de la misma forma que usa su casa, con la misma libertad; pero, y esto es algo que degrada más, a veces incluso se cree con el derecho a usarla de la misma forma, mas con menos cuidado, pues al ser común hay socialización de cargas. No he visto a nadie escupir chicles al suelo de su cosa, en las zonas comunes no faltan ejemplos.

La concepción b) cree que, precisamente, al ser algo compartido con los demás el uso debe ser más escrupuloso, ya que todos deben tener el mismo. Si hay un uso excesivo por unos siempre va acompañado del detrimento de otro.

Una vez introducida la cuestión me gustaría explicar una escena cotidiana que ocurrió ayer en mi comunidad de vecinos, que ayuda a clarificar los dos modos y, por consiguiente, las consecuencias que producen.

Llegué a las 00:50 de Elche, que había ido a cenar por el cumpleaños de un amigo. Cuando me trajeron de vuelta, bajé del coche y, justo cuando entraba, me percaté de que había gritos en la piscina. Cuando me fui acercando vi a una mujer, que vive en el primero, asomada al balcón chillando a los niños que solo le decían “vale, vale” en tono, no jocoso, pero sí ciertamente irónico. Yo, que tengo esa vocación por el diálogo y el consenso, me acerqué y me puse a hablar con la mujer.

Ella me explicó que los niños juegan desde la mañana hasta la noche con el balón y que a ella le molesta mucho porque su balcón da justo donde juegan. Eso le provoca una perturbación, no le deja dormir. Incluso, así me lo dijo, “me bajé ayer a la playa llorando, con un ataque de ansiedad porque así no se puede vivir”.

La comunidad votó unos horarios y se fijó el silencio de 15:30-17:00 y, por noche, a partir de las 00:00. El horario nocturno es demasiado laxo, lo que, a mi modo de ver, sería conveniente reducirlo.

Claro es que las urbanizaciones en Santa Pola en verano son un hervidero de niños jugando y haciendo ruidos. Todos los días, durante casi noventa al año, bajan a jugar al fútbol, pillapilla, escondite y demás.

Las reuniones vecinales son un punto caliente porque el egoísmo del ser humano es insondable. Los que tienen hijos pequeños defienden que deben jugar, que son niños; los que no tienen hijos se quejan de que el ruido es excesivo, que las normas deberían ser más estrictas. Pero, hete aquí, una paradoja que muestra cómo el ser humano no puede convivir sin reglas: hay vecinos que hace unos años no tenían hijos y se alineaban con los que se quejan del ruido; no obstante, con el paso del tiempo han tenido y han pasado a suscribir el discurso de aquellos que creen que los niños deben jugar casi sin límite.

Luego, hay otra clase de vecinos que, por la posición de su casa, no les llega el ruido. Estos también forman parte de un grupo de personas que está en la vida bajo una premisa realmente tóxica: la equidistancia -que no la ecuanimidad-. Saben que alguien tiene razón, mas prefieren no tomar partido. La cobardía jalona el paso de ellos por la vida.

La mujer tenía razón: no se puede vivir teniendo ruido molesto durante doce horas al día. Convivir requiere ceder, tolerar, equilibrar. En definitiva, ser responsable de los actos y empatizar con el otro. Saber que en la zona común puede usarse razonablemente porque no solo tienes derecho de uso tú, sino, como ocurre en mi caso, sesenta y cuatro viviendas más.

Eso mismo le dije al administrador de fincas. Que él tenía un puesto idóneo para la educación a la gente en la concepción b) de lo común. En hacer entender que el mundo es un escenario en el que se requiere del otro para vivir al mismo tiempo que no es un marco para hacer que el otro viva como tú deseas hacerlo. Es importantísimo que esto penetre en los caletres de algunos.

“Los derechos se ejercen en el mundo (contexto vital), pero no constituyen un instrumento para crear un mundo a nuestra imagen y semejanza”. Urge profundizar en estas cuestiones.

De momento, en la junta ordinaria de la próxima semana, si la oportunidad se brinda, repetiré lo que aquí acabo de escribir.

 

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