AYER ESTUVE DONDE PACO EL PILOTO PASÓ TODA SU VIDA.

 

Ayer estuve donde Paco el Piloto pasó toda su vida: en el puerto de Cartagena. Todo empezó con una sugerencia para ir a Cartagena, que nunca la había visitado, a pesar de la cercanía con Elche. Se dijo en marzo, se planeó para junio y se materializó en julio. Fuimos a media mañana cruzando el sureste español: Dolores, Bigastro, San Miguel de Salinas, Dehesa de Campoamor, Pilar de la Horadada y, finalmente, en autopista -hicimos lo anterior para ahorrarnos el peaje- hacia Cartagena.

Uno de mis maestros, Juan José Lara Peñaranda, cartagenero ilustre que lleva con prestancia el nada dudoso honor de ser el Director de la Biblioteca Regional de Murcia, ya nos dijo allá por el año 2014, cuando intentaba con escaso éxito enseñarnos qué demonios significa el cogito, ergo sum cartesiano y el porqué de la necesidad de leer a Nozick o, incluso, a Huemer (The problema of political authority ya está editado en Deusto) que nos recomendaba ir a su tierra. Tenía razón.

Llegamos rayando las doce del mediodía. Lo primero que hicimos fue pasar por la fastuosa sede (no recuerdo el nombre de la misma, pues la UPCT tiene varios edificios a lo largo de Cartagena) universitaria. Seguimos hacia la Plaza de España para, seguidamente, llegar a Navantia. Recorrimos la pedregosa carretera que lleva al Chalet para contemplar los buques de la Armada que están en puerto, así como los plastificados que están fuera del mar a la espera de reparaciones.

Desde luego, y sin ningún ánimo patriotero (conviene distinguir el patriotismo del patrioterismo), uno se siente orgulloso cuando ve al ejército español porque, en definitiva, se está viendo a él. El ejército es patrimonio de la nación y, como ciudadanos, sentimos que lo que esos hombres están haciendo forma parte de nuestro haber. Por supuesto, saqué a relucir mi opinión sobre la “mili”. No es que piense que debería volver el servicio obligatorio como antaño de dos años, sino que convendría un pequeño campamento de unos tres o cuatro meses donde todos los jóvenes acudieran por imperativo legal a realizar una estancia en una base militar. El lector estará impávido ante este comentario, pero denme una oportunidad para que lo explique.

Es hartamente conveniente que los jóvenes españoles de todas clases: desde un chaval, por caricaturizar, del barrio Salamanca que estudia ADE en inglés en ICADE hasta un chaval que ha nacido en las tres mil viviendas de Sevilla y desde los doce años se dedica a trapichear con droga o a recoger chatarra. Sendos acudirían al campamento, se conocerían y entenderían que la sociedad española no es solo el gueto en el que vives; la gente no solo se relaciona como tú lo haces con tus amigos; el modus vivendi de tus compatriotas es completamente diferente al tuyo. Esas enseñanzas, esa oportunidad por conocer los rincones, con su idiosincrasia, de todas las regiones españolas permitirían crear un sentimiento de cohesión social y concordia, que es justo lo que, a mi modo de ver, necesita este país.

                                            Foto extraída de la web de La Armada.

La democratización social tiene su reflejo más fiel en el servicio militar: todos son reclutas con los mismos derechos y obligaciones. Por muy gerifalte que sea tu padre, por muchos ceros que tenga en la cuenta corriente tu familia, en el ejército debes saludar con el debido respeto a los superiores. Además, permitiría que la juventud conociera su país. Un payés de Gerona podría ir a hacer la estancia a San Fernando, Cádiz. Un sarriano podría hacerlo en Cáceres. Un loreño podría tener que ir a Bilbao. Un guipuzcoano podría tener que acudir a Lorca.

Es decir, esto favorecía la vertebración -yo la creo posible al contrario que Ortega- de España. En tiempos de discordia, donde el regionalismo, cuando no nacionalismo, ha hecho de España su campo de expansión; donde el sentimiento de pertenencia al terruño es cada vez, en límpido oxímoron con la globalización, más patente, convendría obligar a la juventud española a que conozca su país. Se da una paradoja que resulta difícilmente digerible: un adolescente ha viajado a París a ver Disneyland antes que a Madrid a ver el Palacio Real. Por tanto, cree sentirse ciudadano del mundo pero nacional del pueblo donde habita.

Todo esto ha venido porque ayer estuve en Cartagena, mientras recordaba esos artículos de Pérez-Reverte en relación con Paco el Piloto, ese “Pedro” del mejor libro, para mí, de Arturo: “La carta esférica”. Ese hombre de piel atezada que se ganaba la vida metiendo tabaco de matute en España y enseñando a chavales a recoger ánforas del fondo del mar a la vez que les ponía el primer pitillo en la boca encendido.

Ni que decir tiene la buena gastronomía que se puede encontrar. Tortitas de camarón, ensalada con bonito, chipirones, croquetas de marisco, caldero y, finalmente, un asiático. Mientras me bebía el asiático le guiñé un ojo al cielo, donde a buen seguro estaría Paco sonriendo pícaramente.

En definitiva, me fui de Cartagena prometiendo volver. Espero no tardar mucho y que el maleficio de las segundas partes no se cumpla.

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