LA FELICIDAD POR EL RETROVISOR

La mayoría de las cosas ocurren andando. El estado natural del hombre es pasear, contemplar, disfrutar. Vivir. Cerca de casa hay un camino rural solitario. Perfecto para hacer deporte.

Hace una semana, quizá menos, me he puesto a dieta. Los kilos de más producto de la cuarentena han propiciado la operación bikini. Siempre he criticado aquello que finalmente he hecho. Supongo que será cosa normal, pero me preocupa. Me preocupa ser de hipócrita.

Perdonen la calidad, pues fue tomada en ese mismo momento

Siempre hago la misma ruta, una hora, seis kilómetros. Paso por la casa de la fábrica abandonada y la caravana bajo palio. Luego, por la que ha avanzado, los dueños la han ido mejorando hasta convertirla en una señora casa de campo: con su jardín, su piscina, su techado para coches tan típico. Posteriormente, llegamos a la empresa -de cuya existencia supe esta semana, pues antes solo pasaba por este sitio los fines de semana-. En última instancia, llego a la yeguada y me paro. Miro los caballos en las cuadras, algunos relinchan y asoman la cabeza. Veo al animal puro por naturaleza, a ese que desde Roma lleva cabalgando con el humano.

Al llegar a la vía del tren doy la vuelta. La misma vía que tantas veces me arropó. La vía por donde circula ese Cercanías que me llevaba a mi universidad, a mi añorada Orihuela. Ese convoy que se llevó consigo cuatro años. De risas, llantos, lecturas, amores y favores sicalípticos. Todo ocurrió allí.

Casualmente, ese día el tren pasó. Me quité los auriculares. Lo miré. Vi ese inconfundible color blanco y rojo que atraviesa España; que acerca personas, que cumple sueños, que aguanta despedidas, que consuela fracasos. Yo lo miraba recordando mi primer día. Una tarde de septiembre del 2016. Iniciaba la carrera de Ciencias Políticas, esa cuyos egresados se llaman politólogos y salen por la tele pontificando. Esa que posee Pablo Iglesias; gracias a él, en una intervención en Intereconomía, supe de su existencia.

Recuerdo esas noches que las clases acababan a las nueve. El tren salía a las nueve y media, pero siempre venía con retraso. Esos días que bajaba la calle desde la estación a casa escuchando el sonido del silencio en la noche. Esa noche fría de entre semana.

También rememoro la última vez que lo cogí. Fue para el último examen de la carrera. Podía haber ido en coche, pero supondría serle infiel -por una vez en la vida hagamos el bien-. Cuando me bajé de él sabía que, posiblemente, ya no volvería a cogerlo. Dejé allí al hombre trajeado con maletín, a la mujer que volvía de trabajar, a la chica delgada que trabajaba en una panadería cercana a la estación, a mi amigo ‘El Andaluz’ con su bicicleta, a los chicos que regresaban de estudiar. Dejaba a los seguratas, a los escuálidos y al orondo con la banda rojigualda de pulsera en la muñeca.

Dejaba atrás cuatro años. Los cuatro años que me vinieron a la mente cuando vi pasar el tren. La felicidad, por definición, siempre se ve por el retrovisor. Y en ese mismo instante supe que fui muy feliz.

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