¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?


El jueves, el Gobierno este que padecemos presentó una nueva ley educativa. Para ser sincero, pensaba que sería una más de tantas. En España, lamentablemente, la educación involuciona cada vez más raudamente, pero no. Este proyecto, accesible desde la web ministerial, dice, cito textualmente, “Excepcionalmente, podrá autorizarse la promoción de un alumno o alumna cuando el equipo docente considere que la naturaleza de las materias no superadas le permita seguir con éxito el curso siguiente, se considere que tiene expectativas favorables de recuperación y que dicha promoción beneficiará su evolución académica”.

El proyecto, en su exposición de motivos, señala que el objetivo es acabar con la segregación, véase suspensos, y que lo que se pretende es que ningún alumno se quede atrás.

Hete aquí el punto clave: el igualitarismo, lo peor del socialismo. La ministra negurítica, Isabel Celaá, presentaba orgullosa el proyecto. No es raro ver a los políticos jactarse de lo que diseñan, pero lo bochornoso es estar orgulloso de semejante bazofia.

La predecesora de esta ley, llamada LOMCE, fue aprobada en el año 2013. El ministro era José Ignacio Wert. Me acuerdo perfectamente del momento. Tendría trece o catorce años cuando se aprobó. Rajoy había ganado dos años antes las elecciones con mayoría absoluta; había conseguido 11 millones de votos, bien es cierto que veníamos de Zapatero, otrora nefasto presidente, ahora laburante del narcorégimen venezolano.

El alboroto sindical fue tremendo. Recuerdo nítidamente cuando una mañana apareció en el patio del instituto uno que, megáfono en mano y camiseta verde, vino a darnos un mitin sobre por qué había que salir a protestar contra la ley. Huelga decir que el sujeto contaba con la anuencia de la dirección del centro.

Días más tarde, aparecieron algunos profesores, desatando su alma pancartera, con unas camisetas donde se podía leer “per una educació pública i de qualitat”. El ambiente era putrefacto. De hecho, la primera huelga que convocaron no la secundamos ni mi amigo Carlos, fiel compañero de tantas batallas, ni yo. Fuimos al instituto, a clase, como era nuestro deber. Los actos heroicos duraron poco, pues a la siguientes ya nos quedamos en casa, pero la auténtica verdad es que ese día nos sentimos la resistencia.

                                                        CAMISETA ESTRELLA DE AQUEL TIEMPO.

La LOMCE era una cosa morigerada. Nada del otro mundo. Solo intentó, como caracteriza a la ganadería pepera de ese tiempo, cambiar algo. Hizo lo peor: alborotar a los que ya venían alborotados por cuestiones ideológicas y defraudar a los que sí querían que la ley tomase al mérito como eje central.

El debate de aquellos días se parece mucho al de ahora. Mismos argumentarios. Mientras el socialismo cree que lo importante es la igualdad de resultados, el liberalismo aboga por la igualdad de oportunidades. Una educación pública de baja calidad perjudica al pobre, al niño de familia humilde que no puede escapar del sistema; mientras tanto, el niño de familia rica, esa que tanto abomina la izquierda, sí puede estudiar en un centro con alto nivel y así, el día de mañana, estar más cualificado a la hora de insertarse en el mercado laboral.

Resulta paradójico ver que los mismos que crean estas leyes lleven a sus hijos a colegios privados. Celaá no iba a ser una excepción y sus hijas no van a un colegio público.

Esta ley conllevará una cosa buena: los sindicatos estudiantiles, ese cáncer con metástasi, se deberán disolver. Total, ya no hay exigencia, ya no se premia el mérito, ¿para qué queremos un sindicato si no hay educación?

Tenemos un gobierno suicida compuesto con socialistas impúdicos y comunistas caribeños. ¿Qué puede salir mal? Todo.

 

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