LA GRAN REFLEXIÓN
La destitución de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz
del Grupo Parlamentario Popular ha supuesto, para mí, una reflexión importante.
He votado a los tres partidos del espectro ideológico de la derecha. A los tres.
Voté a las personas para votar a Javier Nart en las europeas, voté a Pablo Ruz
para el Senado y voté a Vox, no por personas, pero sí como dique de contención
del cáncer que lleva enfermando a España -casi ya con metástasi- durante más de
doscientos años: el separatismo. Probablemente, si hubiera estado en Cataluña,
ese voto hubiera sido para el PP, pues Cayetana es un referente para toda la
derecha española.
Me acuerdo que la conocí en una tertulia de Federico, hace
ya bastante tiempo, el acento argentino inconfundible que, con esa solemnidad que
tiene su dicción, citaba frecuentemente a autores a la vez que hablaba claro,
para que todo el mundo la entendiese. Busqué más y descubrí su plataforma,
Libres e Iguales. La plataforma es una muestra de cómo es ella: cipotuda y
tenaz. Se enfrenta a lo más difícil: el identitarismo. El separatismo es la
identidad llevada a su más profunda concepción; trata de maniatar a los
ciudadanos, de hacerlos presos de un colectivo e insuflarles aspiraciones y expectativas
irrenunciables. Creen que ser independiente es como irte de casa, adquirir la
libertad y no dar cuentas a nadie, pero resulta que no es así. Declarar la independencia
de un territorio es declarar extranjero en su tierra a los que no quieren serlo;
es someter a la población a trazar fronteras; arrebatar una parte de la
soberanía al conjunto de los españoles. Lo curioso es que es la izquierda quien
anda coqueteando con los segregacionistas. Ya no son internacionalistas, ahora
son partidarios de los privilegios y de fracturar el Estado. La paradoja es que
hablan de que el capital es transnacional y, para hacerle frente, lo que proponen
es segregar estados para dejar a los ciudadanos cada vez más indefensos frente
al poder económico que ellos reconocen como el culpable de los muchos males.
Cayetana defiende la España de ciudadanos libres y de iguales,
sin que ninguno tenga que pedir permiso para moverse ni perdón por quedarse. Ciudadanos
que conviven bajo el estado, sujeto donde se ejercitan los derechos políticos.
Sin derechos históricos -la más gorda, y tonta, de las farsas que colaron en la
Constitución-, sin desigualdades lingüísticas, sin autonomías que den y quiten
prebendas. Quizá, su ascendencia francesa haya hecho que anhele un estado
jacobino, un estado fuerte que sea garante de que los derechos que se reconocen
en las leyes sean efectivos.
Lo que le pasa a Cayetana es que es un alma inquieta, irrendenta, que no agacha la cabeza. Las dos veces que ha entrado en política le ha ocurrido lo mismo: es tan válida que sus líderes terminan orillándola por miedo a que les aparte a ellos. No es una mujer de partido, es una mujer de sí misma. Con convicciones e ideas propias; que no se deja llevar por los consejos de los equipos de comunicación, valientes ágrafos que creen que la política no consiste en las ideas, sino cómo se transmiten; creen que la ciudadanía es una cosa menor, que son niños pequeños, y que lo que hay que hacer es manipular y no convencer mediante la reflexión racional. Cayetana no estaba por la labor, y eso le ha costado caro. Algunos le achacan soberbia y, claro, uno se pone a imaginar una reunión del grupo parlamentario y ella, doctora en Oxford y discípula de Elliot, tener que estar aguantando consejos de cuatro mediocres sin fuste ni profundidad ideológica debe ser demoledor para la paciencia. Los pájaros disparando a las escopetas. Si Cuca, Pilu o Moreno Bonilla, eminente zurupeto, te van a enmendar la plana, la única reacción loable es mandarlos a esparragar. ¡Qué menos!
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| EFE / Juan Carlos Hidalgo |
Cuca es la sustituta. Gamarra de primer apellido. Insignificante de segundo. Es una mujer de partido, dicen: o sea, meapilas sin criterio. Aunque bueno, compartir el criterio de Teodoro, doctor en Ingeniería y aprendiz de político, es peor que no tenerlo. Arriola se ha reencarnado.
La presión de las baronías ha llevado a Casado a la
destitución es la versión oficial. ¿Qué barones? ¿Moreno Bonilla, que gobierna
con Vox a la vez que lo execra?, ¿Feijoó, gran propulsor del nacionalismo
gallego y gran subyugador de la libertad de lenguas? No sé quién más. Si esos
son los pesos pesados, apaga y vámonos. Vuelven las pesadillas. Vuelven las
promesas incumplidas, los excarcelamientos de los Bolinagas, vuelve la Memoria
Histórica derogable sin derogar, vuelven las subidas de impuestos montorescas,
vuelve, en definitiva, la nada. El seguidismo, con algo menos de artificio y
más elegante, de las políticas de la izquierda.
Moderación, mesura, proporcionalidad. Tres palabras que
definen lo que ha sido la derecha española siempre. Al albur de lo que la izquierda
concebía. Siempre pensando en la gestión y en la economía, olvidándose, así, de
la batalla cultural tan necesaria en tiempo convulsos y prohibicionistas como
los presentes.
Otros dicen que Cayetana va a ser fichada por Vox. Cosa que niego en rotundo, aquí queda esto en mi defensa. Columnas furibundas contra Vox ha escrito, y muchas, en El Mundo; discusiones con Federico ha tenido respecto al partido de Santi Abascal. Tentación identitaria le espetó una vez al líder. Tiene razón. Vox está en continua hiperventilación. Es un partido populista poco serio. Con ideas buenas, pero con gente desdeñable. No puedes tener a un candidato de Falange como ideólogo y, a la vez, intentar casar ese obrerismo socialista con su auriga económico, que se reclama anarcoliberal. No es posible y hace que el partido vaya dando vaivenes sin rumbo. Mezclando tontadas con cosas coherentes.
En fin, escuchar a Cayetana era un placer cada miércoles.
Una voz valiente y disidente con lo políticamente correcto. Una persona culta,
con las ideas claras y cuestionando, controlando, al gobierno. Espero poder
leerla en prensa otra vez y que haya aprendido, después de esta segunda vez,
que la política en España es partitocrática y que en ellos rige la selección inversa:
los valiosos son yugulados en pro de los aduladores. Se va y dejonos harto
consuelo su memoria, que diría Jorge Manrique, y huérfanos a una parte del
electorado que votamos, en los últimos comicios, al PP exclusivamente por ella.
Fíjense si la marquesa ultra tenía tirón.

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