CASI COMO UN ACTO DE REVELACIÓN
Esto es casi como un acto de
revelación. Hoy vengo a hablaros de por qué voy a los toros. Así, sin más. Voy a
intentar explicar cuáles son los motivos (reales) de mi continua admiración por
la tauromaquia.
La verdad es que no recuerdo muy bien cuándo empecé en esto de los toros. De lo que sí me acuerdo son de aquellas corridas que en los albores de los años 2000 televisaban una y otra vez por el canal autonómico “Canal 9”. Era la etapa dorada -postmoderna- de la tauromaquia. Tengo vagos recuerdos de faenas de Enrique Ponce -el de Chiva-, de El Juli, de José Tomás, de El Fandi y demás toreros que conformaban el escalafón por entonces.
Así empecé. Luego, con la sequía a la que fue sometido el mundo taurómaco la idea desapareció de mi cabeza. Oídos sordos. Fútbol y nada más; el fútbol, valiente deporte de ágrafos altivos. Sin embargo, todo cambió cuando empecé a conformar mi pensamiento, mi forma de interpretar el mundo. Esa actitud hizo que yo me pusiera a leer, a investigar, a querer alcanzar -quizá era una quimera, pues no había madurez en ese barbilampiño- solidez en el pensamiento. Anhelaba respuestas en una etapa impropia para encontrarlas.
Volvieron, en ese tiempo, los toros a mí. Pero era una sensación vacía, ya que no había nadie a mi alrededor que me guiase. No fue sino en la universidad cuando encontré a mi amigo Sergio. Con él fui mi primera vez a los toros. Feria de Hogueras, plaza de toros de Alicante. El Fandi, Talavante y Cayetano con toros, si no me falla la memoria, de Núñez del Cuvillo. Corrida triunfal. Me quedé fascinado. Una corrida es una cosa que excede cualquier otra. La liturgia embriaga a cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad. Ya lo dijo Boadella, cualquiera que vaya a una corrida con sensibilidad comprenderá que en solo cinco minutos se han producido más obras de arte que en El Prado. ¿Hiperbólico?
Después he ido a más corridas en Madrid, Murcia, pueblos cercanos y repetición en Alicante.
Bien, ¿qué veo en los toros para
ir asiduamente? Ayer lo comentaba con una chica: son motivos éticos. El Toreo para
mí es una religión: los toreros son los sumos sacerdotes y los aficionados los
feligreses. Vamos, como beatas a misa de once, queriendo ver el rito una y otra
vez. Cuando asisto a una corrida veo un hombre que asume el riesgo de perder la
vida en pleno ruedo. Valor. Luego, por chiqueros sale un animal de unos
quinientos quilos y mirada desafiante esprintando. Cuando sale toda la plaza concentra
su mirada en él. Algunos, los más entendidos, analizan la morfología y su comportamiento
para predecir cómo será. Miedo.
A lo largo de los tres tercios de
la lidia, al toro se le fustiga. En el primero, se le pone delante del caballo
y el picador lo pica. En el segundo, el matador ,o los toreros de plata, pone
tres o cuatro pares de banderillas.
En este momento, cuando uno es la
primera vez que va, se queda impresionado: el toro, a medida que va siendo
castigado, lejos de amilanarse, se crece. Esto es el éxtasis: es el único animal
que hace eso, el único. Todo animal ante el castigo se acobarda. El toro se
crece y sigue embistiendo. Hay algunos que dicen que lo hace por miedo, porque
no tiene otra escapatoria. A esos ágrafos habrá que llevarlos al campo, a las
ganaderías para que viesen lo que pasa en las faenas campestres. El toro tiene
toda la dehesa para huir pero se queda. Sí, queridos perdularios, el toro
embiste por naturaleza.
Volviendo a la corrida, llega el
tercer tercio. El tercio de muleta consiste en lo que todo el mundo ha visto,
la faena de muleta que confecciona el matador hasta llegar a la suerte suprema:
a la muerte.
El torero, en este momento, saca
a relucir sus mejores habilidades: naturales, pases de pecho, manoletinas,
toreo de rodillas, muletazos desmayados y un largo etcétera.
Se desatan los aplausos o los
pitos; porque sí, los toreros cuando están haciendo la faena y jugándose el
gaznate, también escuchan silbidos o palmas de tango provenientes del público
mostrándole su disconformidad. Arrojo y gallardía. De esta situación nace la expresión
“vergüenza torera”. Se juegan el éxito de la tarde en estos diez minutos.
Finalmente, llega la muerte. El
torero coge el estoque y perfila al toro para la Suerte Suprema. Se dispone a
entrar a matar y lo hace. El toro cae. Se desatan los aplausos. Pañuelos al
aire y el presidente otorga los premios. Satisfacción.
Se acaba la corrida. Nos vamos.
Valor, miedo, arrojo y gallardía.
Cuatro sustantivos que a nadie parecerían malos. En la vida hace falta valor
para encarar los malos momentos; miedo para saber cuándo toca recular y no ser
un suicida; arrojo para tomar decisiones difíciles y gallardía para salir
airoso de situaciones complicadas. Y, subrepticiamente, siempre está la muerte.
En una sociedad como la nuestra donde lo políticamente correcto está en régimen
de monopolio, los toros con la muerte a cuestas rompen moldes. Lógico que
algunos solo quieran prohibirlos: es más fácil eso que entender -algunos, por mucho
que lo intenten, no podrán jamás- la cruenta, pero humana, metáfora que
representa una corrida.
La muerte está presente en
nuestra vida, como el loro en el hombre del pirata, por eso no hay que
olvidarse que siempre puede acechar, como el león a la gacela.
Entre tanta superchería, superficialidad,
ignorancia y vacuidad; los toros son lo único humano que queda.
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