TARDE CALDEADA POR UN BARBILAMPIÑO.

Pocos son los que despiertan admiración. No suelo sentirla por nadie. Poca gente merece que elogies y envidies sus logros.

Sin embargo, cuándo asistí a Las Ventas pude comprobar qué es la admiración. El toro es el animal por excelencia. La fuerza genesiaca que posee hace que pase de animal a bestia. La bestia sale por toriles, no sin su cartelito de 600kg. Lo lidiaba un chaval toledano. Sin barba, pero con oficio. Álvaro se llamaba. Solo "los del 7" le conocían bien.

Las Ventas. Alrededor de las 19:00. 
A mi espalda se sentaron cuatro aficionados. Compartía el fondo, no la forma. Grandes aficionados con penosa actitud. Sus críticas llevaban toda la razón. El toreo se está desviando. Grandes morlacos, mucho pesaje, mucha aparencia; pero cortos de fuerza y trapío: el cáncer del toreo moderno.

Mi acompañante experimentaba su dervirgacion taurina. No entendía las suertes ni los comportamientos de las reses. Intenté explicarlo de la mejor forma que supe. Nunca vi tanta exigencia. Torear en Las Ventas es como jugar en el Bernabéu o estudiar en Oxford. No hay público más difícil de convencer que el de Madrid. Muchos lo intentan, pocos lo consiguen. Alvarito lo consiguió. Cortó dos orejas de peso al sexto. Eximiendo la técnica, dio buenos naturales, valientes quites y bajó la muleta al albero.

El frío se esfumó. No importaba que fuera primero de abril. Había ansia de buen toreo. Tardó, mas llegó. El toledano pasó de las aldabas y reventó el portón.

Todos estábamos esperándolo en la puerta principal. Salía a hombros. La caballería de la Policía escoltándolo. Gritos de "torero, torero". La sonrisa era inquebrantable. Una vez entrado en la furgoneta sin rotular -muestra de que era un chaval y no un matador consagrado- el público se dispersó.

Mientras andábamos hacia el mercado de San Antón para cenar repasaba la tediosa tarde hasta que apareció el sexto de Lola Domecq. Sentí admiración y envidia por Álvaro Lorenzo. Había sabido sobreponerse al público más difícil, en la plaza más importante, y había desorejado a un toro que había que hacerle las cosas bien y lo había conseguido.

Abrió la Puerta Grande de Las Ventas el domingo de Resurrección. Caldeó la fría tarde en el coso madrileño.

Seguro que la cena le sentó de maravilla. Y yo no iba a ser menos. Madrid es siempre un seguro. Desde comer bien hasta erizarse ante un héroe de 22 años que está dispuesto a comerse el mundo.

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