LOS PANFLETOS NO SON REMEDIOS
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| Alejandra Pizarnik. |
Acabo de terminar un
libro que habla de muchas cosas. Ese tipo de libros que, al tiempo que lees,
van asumiéndolos como propios. Pocas veces ocurre. Sólo por eso ya merecen la
pena. Habla de límites. Físicos, geográficos y humanos. Siempre oímos que hay
que llegar al límite, que imposible no hay nada, que con esfuerzo todo puede
conseguirse… ¿Es esto cierto? ¿Tenemos límites los humanos o, en cambio, no hay
tope en el crecimiento intelectual?
El exilio también es
un tema central. El exilio como pieza vertebradora de la vida de la
protagonista. Dice que en el exilio hay cierta parte de culpa. El exilio, a
simple vista, puede parecer una solución, pero en no pocas ocasiones termina
convirtiéndose en reproche. La protagonista, Laura, basa su vida en la huida.
Exiliada de una madre alcohólica, de un hermano con bipolaridad diagnosticada y de
un padre incapaz de asumir el papel. Exiliarse por represión física es
placentero. Exiliarse por hastío es seguir en él.
La incertidumbre es otro elemento básico. El no saber muchas
veces es sinónimo de no querer saber; aquello que llaman los americanos como happy idiot. Sin embargo, la estulticia
que no es voluntaria deja de ser agradable. ¿Hay límites en el conocimiento que
puede abarcar un ser humano?
La portada de este libro es el mar. Parece que éste tiene
demasiadas connotaciones. Para algunos la libertad, para otros la huida. Escuchaba
una entrevista a mi admirado Arturo Pérez-Reverte en la que decía que hay dos
clases de personas: las que saben que la muerte llega y las que prefieren
omitirla o apartarla de su vida. Los que sabemos que vamos a morir, lo
aceptamos y convivimos con ello. La muerte, en palabras de Sánchez Dragó, hay
que portarla como el pirata al loro: siempre al hombro. La muerte es consustancial
a la vida. Forma parte de ella. Le aporta seguridad. La torna, por suerte, perecedera.
Si no se aceptan los límites de la vida, difícil está
entenderla. Si no sabemos jugar con ellos, la decepción vendrá. Si nos atrapa
la fútil vitalidad que intentar inocular los nuevos expertos en coaching, es decir, los nuevos zurupetos
que intentan aprovechar las carencias anímicas de muchas personas; la muerte
nos devuelve a la (cruda) realidad. La vida no es justa, mas los consejos sacados
de panfletos de autoayuda no son remedios.
Quizá el paso más fácil sea aprender a proyectarse en el
ajeno. Vivir en armonía con lo que te rodea. Vivir en la justificación
constante. Unirte a la corriente vitalista que impregna la sociedad. Comprarle
el discurso a los fast-growners.
Creer que la vida siempre depara cosas agradables. Confiar en la Justicia.
Quizá lo difícil sea observar, leer, comprender, aceptar y
sobrevivir. Respetando el orden, claro.

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