GRANDES FRACASOS
Periodo de exámenes. Época de carácter agrio e irascible. Pocas
cosas consiguen apaciguarme durante estos periodos. Estrés, nervios. Y presión.
La que te impones tú, la que otros ejercen sobre ti. Miedo al fracaso… La vida misma.
De vez en cuando rescato de la leja los viejos discos de
Sabina que tiene mi padre. Los pongo. Me siento. Cierro los ojos e intento relajarme.
Como los grandes artistas, la mayoría de sus canciones hablan de amor, desamor,
melancolía o fracaso. Hay que, especialmente, me ayuda a reponerme. Mientras
escribo esto está sonando. Y dice así: Vivo
en el número siete/ calle Melancolía/ quiero mudarme hace años al barrio de la
alegría/ pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía/ en la escalera me
siento a silbar mi melodía.
Empatizas. Te reconfortas mientras
te imaginas la desazón con la que escribió estos versos el genio jienense. La
vida se compone de pequeñas alegrías y grandes fracasos. No puede ser de otra
forma. Ambos se necesitan mutuamente. No hay una sin el otro. Aquéllos que se
empeñan en creer que pueden, durante su transcurso por el mundo sensible, sortear
la suerte plácidamente y mediante la reflexión, meditación y demás técnicas
redactadas por zurupetos amparados en la inutilidad de los que dirigen las
editoriales, van listos de papeles. Las editoriales han desvirtuado su sentido. Otrora eran filtros
que permitían una limpieza saludable del mercado literario, ahora son meras
compañías dispuestas a publicar todo aquello que escriba cualquier eunuco que es
famoso por subir fotos, patrocinar marcas o salir en programas televisivos.
Estaba, hace poco, en una
librería repasando la sección histórica y ensayística -la únicas decentes que
podemos encontrar-. Repasaba el último libro de Enrique Moradiellos -galardonado
con el Premio Nacional de Historia-, cuando, de repente, me encontré con un
libro sobre las técnicas para emprender y creación de startup. También había otro sobre cómo manejar las emociones
durante el embarazo. Otro que explicaba los motivos que explican el estrés
laboral y como, mediante técnicas elaboradas por un prestigioso sedicente psicólogo,
ayudaban a afrontarlo.
No sé qué es peor que haya
editoriales que lo publiquen o que estén en la misma sección y leja que el
clásico de Carr o de Pipes. Ésto me llevó a la decepción total. Creí haberlo
visto todo aquella tarde, mas no. Siempre se puede ir a peor. Todo se desató
cuando vino a mi lado una chica joven. Dieciocho años debía tener. Se posa a mi
lado y coge un libro de Mary Beard, famosa historiadora experta en el mundo clásico.
Sin embargo, recientemente ha caído en la estulticia absoluta pasando de
investigar sobre la literatura griega de Esquilo para hablar sobre el acoso y
el feminismo. Evidentemente, la chica se llevó el último. ¿Para qué sirve leer a
Esquilo pudiendo leer alegatos y discursos sentimentalistas escritos por una escritora
que, abandonando la cultura, ha preferido unirse a la farándula?
Pues sí. Habrá que agarrarse (otra
vez) a Sabina: No hay nostalgia peor que
añorar lo que nunca jamás sucedió. Tal vez nunca hubo remedio, pero ayer lo
confirmé.
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