Entierros germanos

Volando desde Memmingen a Alicante, después de pasar un fin de semana en Múnich, voy a tratar de relatar uno de los momentos más impactantes de mi última estadía en la capital bávara.

Ayer, mientras visitábamos a la familia política de mi tío en el pequeño pueblo de Freising (viven allí), se propuso el plan de visitar el cementerio municipal donde yace el suegro de mi tío, quien fuera catedrático de Botánica en la Universidad de Múnich, Wolfgang Gerlach. La verdad es que me impresionaron muchas cosas, pero los ritos funerarios germanos han sido, para mí, un verdadero descubrimiento. Lo más impactante fue enterarme de la inexistencia de nichos: todos se entierran en el suelo, bien mediante el féretro o la urna con las cenizas, pero siempre en tierra. Ello requiere mucho más espacio, por eso no es extraño encontrar muchos cementerios a lo largo de las ciudades, y que estos estén en continua expansión. En realidad, los cementerios reflejan la estructura de la ciudad; se entierra como es la ciudad: en nichos cuando está compuesta mayoritariamente por edificios de varias alturas y enterrados en tierra cuando la ciudad se compone por viviendas unifamiliares o edificios de pocas alturas.

Además, el cementerio de Fresing se halla en un bosque lleno de coníferas, donde se respira un ambiente de verdadera paz. Un entorno caracterizado por el silencio, la paz y el descanso. Me contaron que es bonito también en verano, cuando los árboles florecen y el paisaje se torna colorido. No obstante,  la sensación paseando entre tumbas era la de una paz interior difícilmente descriptible, pero bastante placentera. Me atrevería a decir que es de verdadera dignidad, sí: me gustaría que mis restos descansaran en una pradera como la que compone el cementerio de Freising.

Otra cuestión que me llamó especialmente la atención era la ausencia de tanatorio. Es una figura que no existe: el propio cementerio dispone de una sala donde se vela el cuerpo (muy poco tiempo, horas, no como en España, donde la tradición hasta no hace mucho era velar toda la noche) y después inmediatamente se entierra en la parcela donde se tenga el derecho adquirido. También es posible, a diferencia de España, cremarte y que las cenizas se depositen en un pedazo de tierra, aunque si se opta por este modelo no se tiene derecho a identificación mediante lápida. Este es un método, me informaron, bastante usado por gente que no quiere pagar lo suficiente como para tener una parcela. 

Estos tres hechos fueron sorprendentes para mí, que siempre he opinado que en España y, en concreto, en Elche hay poco esmero en el diseño de los camposantos. Es todo frío, a base de construcciones feas que dan la sensación de ser un número, un muerto más, encerrado entre cuatro paredes. Los nichos son, por qué no decirlo, el epítome de la fealdad y el mal gusto, donde, cuando se presencia un entierro y se ve cómo embuten el ataúd en el hueco estrecho y frío, dan ganas de llorar. Qué mejor que estar enterrado en la tierra, de donde todo surge y de donde venimos. Qué mejor manera que yacer como toda la vida se ha hecho: en la tierra y rodeado del resto de seres que, a la espera del despertar, están  durmiendo -que es ese el significado etimológico de cementerio-.

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