"Parthenope", el último regalo que nos ha hecho Sorrentino a los mediterráneos

Volvió Sorrentino y, con él, el CINE con mayúsculas y exclamaciones. El director napolitano es, a mi juicio, el que mejor sabe retratar eso que somos los que vivimos de frente al Mediterráneo. Lo lleva haciendo mucho tiempo, pero con su última película lo ha superado. 

Parthenope es el nombre de la protagonista, que así se escoge porque nace frente a las costas de Nápoles, llamada Parthenope debido a su fundación por la mitológica sirena griega. La película es verdaderamente un homenaje a Celeste Dalla Porta, una actriz desconocida que será, a partir de esta actuación, un mito del cine. Qué bella es y cómo la retrata Sorrentino apoyada sobre la barandilla de la terraza del piso con todo el Mediterráneo frente a ella. Parece la mujer más bella del mundo. Una belleza plenamente mediterránea: ojos castaños, herencia de un pasado de mestizaje de todos aquellos que nos han conquistado; cara con rasgos finos, suaves; piel blanca, tersa; y mirada hipnotizante. Una mujer que es perfectamente bella, pero que no se conforma con explotar su cuerpo, sino que pretende descubir las profundidades abisales del ser humano haciendo la tesis en Antropología, sobre las fronteras culturales del milagro de San Genaro.

La narración comienza en la juventud de Parthenope, cuando deja prendados a todos cuantos la ven. Incluso a su hermano, que no puede resistirse, ni por aquello de la familiaridad, a caer rendido a sus pies y ser, como suele pasar, una víctima más de su deslumbramiento. La juventud es una etapa que hay que vivir y disfrutar, con ese pellizco de inconsciencia fruto de la falta de experiencias traumáticas que la hacen vivible. Por eso, cuando se encuentra con Gary Oldman, que representa a un intelectual bohemio, este le dice "no quiero robarte ni un segundo de tu juventud". Sorrentino es capaz de mezclar sus tres temas estrellas: la mafia -tan típica del sur italiano-, la crítica a la Iglesia -tan incoherente e hipócrita en determinadas ocasiones- y el fútbol -concretamente, el Nápoles-, que le salvó la vida como muestra en su película inmediatamente anterior, "Fue la mano de Dios". 

Es tanta la belleza de los colores, la sutileza con la que actúa Celeste, los paisajes de un Nápoles decadente, que sales del cine tocado, pensando en lo bonito que es vivir, en la oportunidad que proporciona la vida para vivirla cada instante. Y, sobre todo, lo importante que es, como le dice su director de tesis a Parthenope, aprender a "ver", que solo se consigue "cuando no tienes nada más", cuando te has despojado de todos los lastres que, en forma de lentes y prejuicios, distorsionan el acceso a la realidad. 

Como puede desprenderse, la película me fascinó. A la altura de la "Gran Belleza", que reconozco que debo volver a ver porque no la aprecié lo suficiente. Los mediterráneos, con Sorrentino, tenemos quien nos retrate.

 

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