La desaparición de las líneas rojas como enfermedad social

 Uno de los rasgos que caracterizan a la sociedad actual es la pérdida de las líneas rojas, de las reglas no escritas en el comportamiento social. A pesar de que a simple vista pueda parecer una cuestión menor, si nos detenemos a analizar el funcionamiento de la sociedad creo que puede destacarse la importancia de estas. Uno de los temas centrales de la asignatura "Teoría del Derecho" es la diferenciación entre el derecho y otros órdenes normativos, como la moral o los usos sociales. Para hacer esto con cierta precisión, es conveniente tener presente qué es el Derecho y, por consiguiente, a qué fines obedece. Si se parte de una posición positivista, será dificil dar respuesta a esta cuestión, pues el derecho es concebido como coacción, lo que no es sino los designios del poder respetando los límites que este se haya puesto voluntariamente -p. ej., los derechos fundamentales, tal y como los entiende la corriente positivista-. Por el contrario, si entendemos el derecho como una actividad práctica que trata de lograr una convivencia pacífica digna de seres humanos, resulta más sencillo delimitar qué le compete al derecho y qué al resto de órdenes normativos. En este sentido, como destaca Ollero, el derecho constituiría un mínimo ético que permita coexistir de forma pacífica, mientras que la moral es un máximo ético que nos impulsa a perfeccionarnos, a mejorar y crecer como personas. También Aristóteles trazó la diferencia entre buen hombre y buen ciudadano. Por consiguiente, siendo coherentes, lo que el derecho prescribe es solo una parte, más o menos pequeña, del comportamiento humano, pero este no se agota en él. Dicho en otras palabras, no todo lo que el derecho no prohíbe es deseable o bueno. 

Sin embargo, actualmente esto parece haberse difuminado. Las causas pueden ser variadas, aunque yo me atrevería a señalar que la creciente secularización ha ayudado a la desaparición de un código ético compartido que ayudaba a regir los comportamientos sociales; es decir, el relativismo social se ha ido imponiendo a medida que la presencia del hecho religioso ha ido desapareciendo. Las consecuencias de esto son claras: al no haber nada bueno al margen de lo prescrito por la ley, todo aquello que no está prohibido y que me beneficie puede hacerse. Resultado: el individualismo ha penetrado hasta tal punto en la sociedad que la nota característica no es la solidaridad, sino el egoísmo. Ahora bien, ¿una comunidad política puede perdurar si entre sus ciudadanos reina el egoísmo? Dar respuesta a esta pregunta conllevaría realizar una tesis doctoral, pero lo que parece fuera de toda duda es que, como mínimo, la convivencia se dificulta cuando el sentimiento de cohesión social, de concordia se ve amenazado en pro del individualismo. El miedo a la sanción ha eclipsado al remordimiento de conciencia. 

Esto puede verse en muchos aspectos de la vida social actual. Es quizá la enfermedad social más importante porque, sin reglas sociales que regulen el comportamiento, tanto la sensación de soledad como la conflictividad aumentarán y, con ellas, el totalitarismo encontrará terreno fértil para florecer.

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