"Martes con mi viejo profesor", de Mitch Albom: imprescindible

 Estas dos primeras semanas de agosto las he dedicado a leer todo aquello que durante el año no había podido; especialmente, novelas que tengo fichadas hace tiempo. He leído "Los vencejos" y "Años lentos", de Fernando Aramburu; "Ampliación del campo de batalla", de Houllebecq; y "Desayuno en Tiffany's", de Truman Capote -el mejor, a mi juicio, el de Houllebecq, aunque ninguno me ha entusiasmado-. Me había propuesto leer también "Una isla en el mar rojo", de Wenceslao Fernández Flórez y "A sangre y fuego", de Chávez Nogales; sin embargo, como ya se sabe, el hombre propone y Dios dispone -los taurinos solemos añadir "y el toro lo descompone", pero estamos a otros menesteres en esta entrada-, y por el camino encontré, gracias al artículo "El bien de la fragilidad: una aproximación narrativa al proceso de duelo", del profesor Vergara Lacalle, en el que lo recomendaba, el libro objeto de reseña: "Martes con mi viejo profesor", del afamado periodista estadounidense Mitch Albom. 

La estructura del libro es francamente sencilla: el autor narra en primera persona cómo fueron sus últimos catorce encuentros -todos ellos los martes, de ahí el título- que tuvo con su antiguo profesor, Morrie Schwartz, catedrático de Sociología en la Universidad de Brandeis, mientras este padecía una esclerosis múltiple amiotrófica hasta su muerte. En el libro puede verse claramente cómo el autor, que en un momento comienza a visitar a su viejo profesor con un regusto de compasión, enseguida se da cuenta de que este, lejos de reclamarla, comienza a darle lecciones de vida con una jovialidad envidiable. Por ello, al estilo de cuando le dirigió su tesina de licenciatura, Mitch le propone a Morrie grabar sus conversaciones para, cuando la muerte le aceche, poder publicar un libro con sus últimas reflexiones. Para estructurarlo, deciden que cada martes hablarán de un tema diferente: el mundo, el sentimiento de lástima, el arrepentimiento, la muerte, la familia, las emociones, el miedo a la vejez, el dinero, cómo perdura el amor, el matrimonio, nuestra cultura, el perdón y de cómo sería un día perfecto. 

A través de la lectura del libro se puede observar cómo los dos protagonistas, al entregarse el uno al otro, están proporcionándose recíprocamente lo que necesitan: a Mitch, Morrie le está brindando la oportunidad de seguir aprendiendo de su maestro -tan es así que le sugiere como epitafio "maestro hasta el fin"-; a Morrie, los encuentros con Mitch permiten, como él llega a reconocer, seguir teniendo un propósito vital hasta el fin, como son las conversaciones y trabajar en la "segunda tesina juntos". Este ensamblaje perfecto hace que el libro se convierta en una delicia, en una fuente de placer y deleite para el lector, que lo debe abordar de manera sosegada. 

Entre las reflexiones que creo más valiosas, al menos en para mí en mi etapa vital actual, voy a destacar cuatro. La primera pertenece al propio Mitch, cuando tras un encuentro con Morrie, señala: 

Yo envidiaba extrañamente la calidad del tiempo de Morrie, a la vez que lamentaba que cada vez dispusiera de menos. ¿Por qué nos preocupábamos de tantas cosas que nos distraian? En mi país estaba en pleno apogeo el juicio de O. J. Simpson, y había personas que renunciaban a todas sus horas del almuerzo para poder verlo y dejaban grabando el resto para poder seguir viéndolo por la noche. No conocían a O. J. Simpson. No conocían a nadie que hubiera intervenido en el caso. Pero renunciaban a días y a semanas enteras de sus vidas, enviciados con el drama de otra persona. Yo recordaba lo que había dicho Morrie durante nuestra visita: "La cultura que tenemos no hace que las personas se sientan contentas de sí mismas. Y uno ha de tener la fuerza suficiente para decir que si la cultura no funciona, no hay que tragársela" (p. 58).

Al hilo de lo anterior, cuando Mitch le traslada su reflexión, Morrie concluye:

[E]sta cultura no te anima a pensar en esas cosas hasta que estás a punto de morirte. Estamos muy absortos en asuntos egocentricos, en nuestra carrera profesional, en la familia, en tener dinero suficiente, en pagar la hipoteca, en comprarnos un coche nuevo, en arreglar el radiador cuando se rompe, estamos muy ocupados con billones de actos pequeños que sólo sirven para salir adelante. De modo que no adquirimos la costumbre de contemplar nuestras vidas desde fuera y decirnos: ¿esto es todo?, ¿es esto todo lo que quiero?, ¿me falta algo? (p. 83).

En un tema que a mí me interesa bastante, la familia, el viejo profesor hace un reflexión que no puedo más que compatir:

La verdad es que la gente de hoy no tiene cimientos, no tiene una base segura, si no es la familia. Me ha quedado muy claro desde que estoy enfermo. Si no tienes el apoyo, el amor, el cariño y la dedicación que te ofrece una familia, no tienes gran cosa. El amor tiene una importancia suprema. Como dijo nuestro gran poeta Auden, "amaos los unos a los otros o pereceréis" (p. 112).

Finalmente, aborda un tema capital: el materialismo social reinante. Acerca de esta creencia, al estilo orteguiano, Mitch afirma:

En mi vida me encontraba por todas partes con personas que querían engullir algo nuevo. Engullir un coche nuevo. Engullir un bien inmobiliario nuevo. Engullir el último juguete. Y después querían contártelo. "¿A que no sabes lo que tengo? ¿A que no sabes lo que tengo?" 

¿Sabes cómo he interpretado esto siempre? Estas personas tenían tanta hambre de amor que aceptaban sucedáneos. Abrazaban las cosas materiales y esperaban que éstas les devolvieran el abrazo de alguna manera. Pero eso no da resultado nunca. Las cosas materiales no pueden servir de sucedáneo del amor, ni de la delicadeza, ni de la ternura, ni del sentimiento de camaradería.

El dinero no sirve de sucedáneo de la ternura, y el poder no sirve de sucedáneo de la ternura. Te puedo asegurar, como que estoy aquí sentado muriéndome, que cuando más lo necesitas, ni el dinero ni el poder te darán el sentimiento que buscas, por mucho que tengas de las dos cosas (p. 145).

Como puede intuirse, el libro me ha gustado mucho, lo he disfrutado; por ello, lo he recomendado encarecidamente a todo aquel con el que me he cruzado estos días. 

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