LA PRIMERA NOVELA QUE LEO DE JUAN MANUEL DE PRADA: UNA VINDICACIÓN DEL AMOR
A pesar de conocerle, leer casi todos sus artículos que publica en prensa y escucharle en bastantes conferencias, nunca había leído un libro de Juan Manuel de Prada. He de reconocer que, hace algunos años, probé con "La tempestad", la novela con la que ganó el Premio Planeta en 1997 con tan solo veintisiete años, pero acabé por abandonarla: quizá se debió al tedio personal de aquel momento, y no fue culpa de la novela, pero el hecho es que desistí. Sin embargo, dado que acaba de publicar la primera parte de su última novela, "Mil ojos esconde la noche. La ciudad sin luz", volví otra vez a tener el deseo de adentrarme en la obra de este autor. Eso hice con "Lucía en la noche", una novela publicada en el año 2019.
Juan Manuel echa mano de un personaje que, como le he escuchado en alguna entrevista, ya es un habitual en sus obras, Alejandro Ballestros, un escritor que, como el propio autor, alcanzó cotas altas de éxito en su juventud con la publicación de varias novelas; mas ahora, en la novela, se encuentra en un marasmo creativo, y paliaba su remordimiento acudiendo a programas de la telebasura más rancia y trasegando -verbo que he aprendido gracias a la lectura de este volumen-, gintonics en bares para culturetas gafapastas. En una de esas noches conoce a Lucía, una joven huidiza de belleza exótica, que logra encandilarlo y prende la luz en esa oscuridad intelectual en la que andaba sumido hace bastante tiempo. Gracias a Lucía, Alejandro se reencuentra con la escritura y comienza, diez años más tarde, a escribir una novela sentida. Sin embargo, cuando la ha finalizado, Lucía muere extrañamente en un accidente aéreo. Ante esto, Alejandro vuelve a entrar en un túnel, del que solo saldrá cuando logre resolver los flecos de la muerte de Lucía -no quisiera hacer más spoiler-. La investigación que lleva a cabo Alejandro es el núcleo de la novela.
A mi juicio, lo que De Prada intenta retratar en esta novela es la función redentora del amor. Cómo el amor, a veces vilipendiado, a veces exaltado, es un motor necesario en la vida del hombre. Lucía logra que el escritor talentoso, pero abúlico y anegado por el alcohol, recupere su pasión literaria, crea en sí mismo y, con el único objetivo de que ella lea la novela, escriba su mejor obra. Esto contrasta con el desprecio actual hacia el amor, que se constata con la utilización de aplicaciones de citas en las que el sexo es la única finalidad del contacto con el otro -o con el mismo- sexo. Las relaciones monógamas con vocación de permanencia son cada vez más complicadas, por revolucionarias, pues se ha impuesto un modelo de relaciones "abiertas", donde, bajo el falso pretexto de que el sexo y el amor no tienen por qué recaer sobre la misma persona, desconociendo que cuando hay amor el sexo con el ajeno resulta inapetecible, se entra en una espiral de sexo de libre albedrío que lleva, después de algún tiempo, cuando la resaca emocional llega, a darse cuenta de que, en realidad, se ha contruibido a la cosificación de sí mismo y, por consiguiente, a una sensación de vacío vital tan propia de nuestro tiempo. Esto se ha agudizado con el acceso libre, gratuito e inmediato a la pornografía. Se suele decir que el mayor daño que esta causa es la adicción -eso ha afirmado el propio Juan Manuel de Prada en algunas entrevistas-, pero, a mi juicio, el peor daño que produce la pornografía es el asesinato de la imaginación. El sexo ya se ve, está dado, no hay misterio en él. Cualquiera, desde muy temprana edad, puede acceder y ver en qué consiste el sexo, y, como todo lo que se repite mil veces acaba aburriendo, la industria, para seguir ganando dinero, ya no se conforma con retratar escenas normales sino que ha ido aumentando la dureza de las escenas hasta escenas de sexo violento y sórdido. Esto hace que los espectadores, especialmente los que se encuetran en una fase de crecimiento como los adolescentes, normalicen y deseen emular estas escenas, produciendo resultados fatídicos, como los abusos o la insatisfacción sexual, pues resulta que las chicas no son actrices, y, por tanto, no les gusta la violencia -a las actrices seguramente tampoco, pero es su trabajo, actúan-, sino cariño y dulzura.
Seguramente, si mi abuelo estuviera aquí no podría creer que vindicar el amor, el compromiso y la fidelidad se ha convertido en una idea subversiva. Las sociedades occidentales han cambiado mucho: la globalización y las nuevas tecnologías las están homogeneizando. Esto, frente a los ditirambos que algunos lanzan para hacernos creer en el mantra del progreso, es un riesgo ineludible y es, a mi juicio, la gran batalla que está por dar.
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