DEMOCRACIA PLENA Y CGPJ
El flamante ministro, Félix
Bolaños, hombre fuerte de Sánchez en la sombra y ahora a la luz, en unas
declaraciones al albur de la reforma del CGPJ ha dicho, sin despeinarse y con
esa voz engolada que parece un monje benedictino, que los jueces no pueden ser
elegidos por los jueces, pues “no tiene cabida porque, en un Estado de derecho
y una "democracia plena" como la española, ni los jueces pueden
elegir a los jueces, ni los políticos pueden elegir a los políticos".
Estas declaraciones, en un país donde la democracia no fuera un vocablo sino
una actitud, serían motivo de cese fulminante. No por totalitarias -que lo son-,
sino por ignorante.
El analfabetismo del siglo XXI no
consiste en no saber leer ni escribir, sino en ser incapaz de entender lo que
se lee. Esta tesis es benévola con el ministro de Presidencia, pues si
infiriéramos que lo dice con ánimo de mentir a la población, solo podríamos
estar hablando de un necio. Y nuestro sujeto de tinte monacal no puede
permitirse esos desmanes.
No han faltado, claro, terminales
mediáticas saliendo en masa para alinearse con las tesis totalitarias de Félix.
Ana Pardo de Vera, excelsa jurista que entre sus grandes aportaciones a la
Ciencia Jurídica destaca la cita al Código Procesal Constitucional de Perú, ha
afirmado que, según su interpretación (¡tiemblen!) del art. 544 CP, lo que
Pablo Casado estaría haciendo al oponerse a la renovación sería constitutivo de
un delito de sedición. Así. A pelo. Sin cortarse. Creo haber escuchado los
lamentos de Martín Pallín y Pérez Royo ante tal adelantamiento en la autovía de
la idiocia.
Otras justificaciones algo más
elaboradas han señalado, siguiendo la corriente que alumbraron Felipe González y
Alfonso Guerra cuando en 1985 cambiaron el sistema de elección del CGPJ en un
afán controlador del Poder Judicial, que no puede haber poderes del estado
soslayando la opinión pública. En tanto que el Legislativo y el Ejecutivo -este
último de forma indirecta- son elegidos por el pueblo, que es el ostentador de
la soberanía nacional, el Judicial debe ser también consecuencia del designio
popular.
Esta última tesis es la que más
enjundia tiene y, por tanto, la que más merece refutar. La materia prima con la
que trabaja el Poder Judicial son las disposiciones normativas (generalmente,
leyes y reglamentos). Las leyes se elaboran por el Poder Legislativo, pues ésa
es su principal función; mientras que los reglamentos, disposiciones normativas
de rango inferior a ley, son aprobados por el Ejecutivo. Por tanto, podríamos
señalar que la materia prima con la que los jueces y magistrados trabajan, es
decir, las herramientas de las que echan mano para ejercer su trabajo son
provenientes de los otros poderes. Ergo, la sensibilidad social ya tiene su
presencia en el Poder Judicial, pues está presente en la elaboración de las
disposiciones normativas que son la base para el funcionamiento del mismo.
Asimismo, cabría preguntarnos
cuál es el motivo para que los jueces deban tener sensibilidad social. En el ejercicio
de a potestad jurisdiccional, que es la facultad para juzgar y ejecutar lo
juzgado, el juez no debe tener sensibilidad social; muy al contrario, lo que el
juez debe es juzgar en base a las leyes que delimitan los comportamientos y
establecen sanciones. Nada más. La sensibilidad social, cuando se arguye, significa
que alguien quiere saltarse la ley, y el recurso a tal sensibilidad le sirve de
aderezo para que la fechoría le quede bonita.
¿Por qué, entonces, se pretende
seguir con el sistema actual de elección de los miembros del CGPJ? Por una
razón sencilla: quieren controlar el Poder Judicial. Quieren que el órgano
gubernativo de los jueces esté formado por jueces que deban favores. Favores
que serán pagados, bien con la acción, bien con la omisión.
Dijo Gallardón que quería acabar
con el “obsceno espectáculo de que los políticos elijan a los jueces que luego
juzgarán a esos políticos”. El espectáculo es obsceno, desde luego que lo es,
pero él fue un ministro de Justicia más y dejó el desaguisado para otro.
En una intervención rescatada de
Twitter, Pedro Sánchez, en La Sexta Noche, vino a decir que la
politización de la justicia era un mal a erradicar, y que por supuesto si él
gobernaba sería una de sus principales medidas. Le produciría insomnio, como la
entrada de Pablo Iglesias, e hizo lo mismo que con él: dormir a pierna suelta
cabalgando en la deshonra.
Otro circense espectáculo lo
encontramos en las asociaciones judiciales, ahora convertidas en agencias de
colocación. Concretamente, Jueces y Juezas para la Democracia, asociación afín
al PSOE, lleva días bramando en Twitter con notas oficiales señalando los más
de 1.000 días que el PP se niega a que el PSOE los coloque. Al menos son
sinceros.
En definitiva, no parece que se
vaya a volver a la cordura y al espíritu constitucional, que sí preveía una
elección del CGPJ por los jueces. Tampoco que se vislumbra posibilidad alguna
de que de una vez por todas los partidos, que en campaña prometen la
despolitización de la Justicia, cumplan con sus promesas.
Por hacer un símil final: el
Poder Judicial es como la rubia despampanante que acompañaba al exministro
Ábalos la semana pasada; mientras que los partidos políticos son el propio José
Luis, que no se resiste a la lujuria.
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