MATARILE Y AL TRINQUE
Esta semana, en la sede de la
soberanía nacional, se ha aprobado la ley para la regulación de la eutanasia.
Era un viejo anhelo de la izquierda
nacional y, por fin, lo han alcanzado. No es interés de esto el análisis jurídico
de la ley, sino invitar, humildemente, a realizar una reflexión sobre qué es la
eutanasia y cómo puede entenderse.
CORDON
Los propagandistas de la
medida la han llamado “muerte digna”, eufemismo parecido al “interrupción
voluntaria del embarazo” que usan los abortistas. Bien, como esas categorías me
repelen, hablaré de eutanasia.
Podríamos entender la
eutanasia como la muerte que otorga el estado a una persona que esté padeciendo
una enfermedad incurable que le ocasione graves padecimientos. La eutanasia se
demanda y, tras unos trámites de comprobación de los requisitos, se administra
y la persona perece.
Desde este punto de vista,
podríamos entender que es la decisión personal de una persona la que origina la
muerte. El estado es un simple facilitador de ella cumpliendo la voluntad del
ciudadano que recurre a él para no hacerlo de manera deshonrosa y haciéndole jugar
con años de cárcel a los que le ayuden.
La persona, con juicio cabal,
decide acabar con su vida. Sin fisuras, el respeto a la libertad individual prevalece.
Esta concepción solo puede ser criticada por los chupacirios que pretenden imponer
su moral al resto; intentando hacer que los demás se rijan por dogmas religiosos
que no profesan.
No obstante, la realidad, como
no puede ser de otra forma, entraña supuestos más complicados.
¿Qué hacemos con los enfermos mentales?
¿Qué hacemos con los que padecen depresión, bipolaridad o esquizofrenia? ¿Qué
hacemos con los mayores que están solos, sin familia, enfermos, y ven que no
hay nadie para cuidarlos? ¿Qué hacemos con ese adolescente con falta de
personalidad al que margina la -hipócrita- sociedad? ¿Qué hacemos con el enamorado
al que le ha roto el corazón su novia con su mejor amigo? ¿Qué hacemos con la
persona que sufre bullying o mobbing? ¿Qué hacemos con el
desahuciado que se acaba de quedar sin casa pero tiene una familia que
alimentar? ¿Qué hacemos con los que sufren una pequeña minusvalía pero ella es
suficiente como para ser apartado? ¿Qué hacemos con las personas que sufren disforia
de género? ¿Qué hacemos con ese chaval, que no lo sabe, pero lo que le pasa es
que no entiende su sexualidad? ¿Qué hacemos con esa chica, adolescente, que
deja de comer porque se ve gorda, ello le ocasiona problemas en casa y deja de
comer deseando la muerte?
Todos son supuestos
problemáticos que debemos tener en consideración. No puede ser que nos quedemos
con la definición y el planteamiento teórico. La realidad es tozuda. Rompe
nuestros constructos teóricos. Las leyes deben servir para poner luz en un tema
oscuro, no para ensombrecer más.
La eutanasia, por ejemplo, no
plantea problemas para enfermos de ELA. No plantea problemas para paralíticos
-todos conocemos a Ramón Sampedro o María José Carrascosa-. Tampoco los plantea
para los enfermos de un cáncer incurable cuyo único fin es la muerte pero esta
no es inmediata.
Esto no va de ideologías (por
cierto, qué nivel -paupérrimo- el de Cs), esto no va de dignidad. Esto va de
cómo el estado puede evitar no darle pasaporte a personas que, transitoriamente,
sufren un trastorno que les ocasiona desear la muerte. No puede ser que en solo
32 días te esté enterrando la funeraria, Administración mediante.
También, por seguir, habrá que
plantearse qué pasa con los enfermos de alzhéimer. Esas personas que pierden
las facultades cognitivas y están a merced de cualquiera. Otro asunto será los
vicios en la voluntad de los pacientes provocados por los familiares para heredar.
Matarile y al trinque será, para muchos, una propuesta atractiva.
Insisto, para terminar, que
esto no va de una persona en su juicio, con enfermedad incurable que le
ocasione graves padecimientos, que decide acabar con su vida de una forma
honrosa. No, esos son los casos cinematografiados; son los casos con los que los
promotores intenta herir la -fácil- sensibilidad de algunos. Si somos más
pragmáticos y menos ilusos veremos cómo el estado, si no regula cuidadosamente
y mucho más garantistamente esta medida, será cómplice en muchos de los casos
que, con tratamiento, solo podrían haber sido malos momentos vitales.
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