ESA AMANTE INOPORTUNA


Como es bien sabido, estamos en tiempo de encierro. La Covid-19 nos ha hecho vivir escenas difícilmente imaginables hace pocos meses. En estos momentos, a las 12 de la noche de un día de mayo de 2020, escribo estas palabras. No es cuestión de escribir un obituario aunque ya vamos por 26.000 muertos. Tampoco pretendo conmover, sino simplemente dejar constancia para que mi yo de no se sabe cuándo, en el momento en el que vuelva a leer este post, compruebe como se sentía aquel Pablo de 21 años tras más de dos meses de reclusión.

Comenzó siendo un juego, una diversión. Aquel viernes de marzo, tras volver de la universidad, comprendí que esto iba a ser serio. Que había una epidemia y había decretado el Presidente del Gobierno en Estado de Alarma. Me vino a la mente que cuando estudié el artículo 116 de la Constitución siempre me pregunté qué tendría que pasar en esa vida plena de confort que yo he llevado para que se decretara. Pues bien, entré en casa y después de dos meses he salido para hacer recados y, desde hace una semana a pasear cuando nos permiten.

Me ha dado tiempo a estudiar, hacer el dichoso TFG, leer y pensar. Sobre todo, esto último. Pensar no es siempre sinónimo de placer. En no pocas ocasiones, pensar equivale a dolor. Y eso es lo que me ha pasado a mí. También he visto series, películas y documentales. Los documentales me han gustado mucho, especialmente los de una serie de televisión que se llama “Encarcelados”. Hablan de la vida de los españoles en las cárceles de Suramérica. En esos presidios llenos de hedor, pestilencia, hacinamiento y violencia, anida la desesperación. La desesperación es ese estado en que uno se encuentra cuando no ve soluciones para solventar un problema. La desesperación ahoga como el mar embravecido, tira de ti en las noches que es cuando viene a visitarte. Llega, no toca la puerta y se presenta. Es tiránica.
M. Miret.

La sensación que los reos españoles relataban era la resignación que implica la interiorización del problema. La resignación se produce cuando el problema no tiene solución y, encima, no puedes aliviarlo. Toca cultivar la paciencia. Es un estado comatoso.

Bien, en estos dos meses he experimentado ambas sensaciones. La resignación de saber que no más que intentar que el virus no te infecte. También he pasado por la desesperación de no saber cómo romper la rutina dichosa que me golpeaba. Echo de menos a la soledad. Esa amante inoportuna.

Ahora mismo me encuentro como esos presos. Encerrado en casa con preocupaciones de ver que tengo trabajo que hacer, que no puedo dejarlo atrás y a la vez que no tengo ganas de realizarlo. La cárcel es mi casa; la celda, mi habitación. El patio significa salir a comprar el pan. Aquí, por lo menos, como bien.

La sensación de estar enclaustrado es muy desagradable. Intentas no pensar, pero no puedes. No siempre es fácil dejar la mente en blanco. Siento que nada puede hacerme olvidar todo lo que tengo que hacer. La sensación de no cumplimiento de las obligaciones es mala, muy mala.

En estos tiempos he valorado, más si cabe, a mi fiel compañera: la radio. Ésa no te abandona. La escucho más que nunca. He descubierto que tiene un aura que antes no captaba. Ya era oyente asiduo, ahora soy adicto. Esa mujer esbelta, guapa, inteligente, alejada de la superchería, inteligente, comprensiva y agradable es, en estos momentos para mí, la radio. Me pongo a disposición de ella para que me haga soñar con lo que sueñan todos los encarcelados: con salir de aquí y volver a ser libre. Que es, en esencia, lo que dota al ser humano de la cualidad que lo hace único: la dignidad.

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