¿Se puede estar en contra del aborto y a favor de la eutanasia?


¿Se puede estar en contra del aborto y a favor de la eutanasia?


Esa es la pregunta que con más frecuencia tengo que contestar en estos últimos días. La tensión política ha hecho que afloren las discusiones ideológicas o filosóficas como esta que vengo a relatar.

El aborto, como acción, supone el asesinato de una vida que está discurriendo en el seno materno. No es otra cosa que una intervención quirúrgica que tiene como objetivo extraer, previa matanza, el niño que gesta la madre. Efectivamente, se trata de una discusión ética. Es un debate falsamente enmascarado por algunos sectores que intentan llevar la discusión a un tema de salud pública o, en algunos casos, de derechos subjetivos.

El aborto es, en esencia, la prueba del desvarío que conlleva la lucha por la emancipación y el empoderamiento de la mujer. De las infinitas justificaciones que se viene haciendo por parte de los colectivos abortistas, el empoderamiento es, quizá, la más significativa. El engrudo mental es tal que, para la defensa de los derechos de un ser humano, se concede la muerte de otro. La madre, durante la gestación, es el vehículo de crecimiento que tiene el bebé que yace en el seno. Hasta que no se conciba que el niño es un ser humano con vida desde la concepción y que el mismo no pertenece a la madre y, por ende, no es ella a quien le corresponde la decisión sobre su vida, no se entenderá nada.

Otro argumento es el que concibe el aborto como un problema de salud pública. Las mujeres, dicen, mueren en cantidades ingentes a causa de los abortos clandestinos. ¿Qué política pública de salud es aquella en la que entran a un quirófano dos vidas y sale una andando y la otra en una bolsa de residuos patógenos? Que algo se haga no es razón para legalizarlo. Legalicemos el robo, pues.

El ser humano, desde que se le concibe, es sujeto de derechos. Los derechos corresponden a la relación sinalagmática entre estos y deberes. Los derechos son subjetivos, esto es, los derechos no pueden predicarse de todos los individuos de la misma manera, pero sí que hay uno, el más importante, que sí es predicable por su relación de subordinación de todos los demás con relación a él. El derecho a la vida es innato, intrínseco al ser humano. Sin él, ningún otro es atendible.

El derecho a la vida es inmutable e intransferible. Nadie puede decidir sobre la vida del ajeno, ni siquiera la familia más próxima. La vida es, en esencia, la única propiedad perenne. Si despojamos al ser humano del derecho a la vida, dejará de ser humano.

En la modernidad líquida que vivimos -así la apellidó Bauman-, la transformación de la realidad mediante el lenguaje no es raro. El aborto ha pasado, incluso en la legislación, ‘interrupción voluntaria del embarazo’. Bueno, pues, no puede ser interrupción puesto que, si se ejecuta, no puede reanudarse. Interrupción es el cese transitorio de una actividad para su posterior reanudación.

La legislación española, en el momento de la legalización del aborto, mediante la ley 5/1985, establecía tres supuestos en los que se permitía el aborto. El primero era el llamado aborto eugenésico, aquél que se practica cuando, mediante certificación de dos médicos, se indica que el bebé posee deformaciones o enfermedades que vayan a dotarle de una minusvalía; el segundo es el aborto ético, éste supuesto indicaba el aborto cuando proviene a causa de un delito sexual, es decir, de una violación y, por último, se establecía el aborto terapéutico, aquél que se practicaba cuando la madre corría peligro de muerte. Estos tres supuestos eran los que se permitieron a raíz de la ley citada anteriormente. De esos tres sólo uno merece tener nuestra aprobación.

El aborto eugenésico permite matar a un bebé por el hecho de tener una minusvalía, esto es, afirmar que alguien que posee una minusvalía tiene un valor inferior y, por ello, puede matarse. El argumento esgrimido es que eso supone una carga para los padres o puede suponer un trauma si la enfermedad es mortal y la esperanza de vida es baja. Se superpone el posible trauma de los padres ante la enfermedad del niño por encima de la vida del mismo. Con el pretexto de que puede suponer un daño moral a los progenitores, se permite la muerte del niño. La vida al mismo nivel que el trastorno psicológico.

El aborto ético permite matar al niño debido a que la gestación se produjo mediante la comisión de un delito. Las circunstancias socioeconómicas o psicológicas, que nada tienen que ver con el bebé, sirven como acicate para que el niño pueda ser matado. Ante la comisión de un delito, se comete un crimen. El embarazo proviene de una execrable violación, sí; el embarazo es no deseado, sí; la madre va a tener secuelas por el embarazo que le hará retrotraerse y recordar fatídicos recuerdos, sí. Todo eso no puede justificar acabar con la vida humana. Los traumas y las enfermedades pueden curarse, la muerte no.

Por su parte, el aborto terapéutico parece el único que sí podría admitirse. En el supuesto de que dos vidas corran peligro, la madre, en virtud de su derecho a la vida, puede someterse a la práctica quirúrgica de muerte de su hijo. Ante dos posibles consecuencias fácticas iguales (la muerte de alguno, en este caso), la respuesta debe ser proporcional. En este caso, sí se admitiría que se practicase el aborto. Cuando hay dos vidas en juego que se contraponen porque la existencia de una puede provocar la muerte de la otra, una debe acabar.

El aborto es la anulación de la libertad del individuo. Es la negación de la soberanía del individuo. Es, en definitiva, la aniquilación del individuo para su posterior cosificación.

¿Hasta cuándo abarca el derecho a la vida?, ¿La muerte, como parte intrínseca de la vida, debe ser amparada por este derecho? Veamos.

La eutanasia, como se conoce a la muerte asistida o provocada, es la acción médica que provoca la muerte instantánea del enfermo mediante diferentes métodos. La eutanasia ha sido y está legalizada en diferentes países centroeuropeos. España, no. En relación con este fenómeno existen dos tipos de regulaciones: la aplicación de técnicas o medicamentos para paliar el dolor, o la eutanasia que es el suministro de medicamentos que provoque la muerte.

La eutanasia está siendo debatida por el arco parlamentario español al albur de un famoso caso televisivo. Los partidos conservadores muestran reticencias a la hora de tratar el tema, mientras que la izquierda del tablero político es la que abandera la causa.

Para la izquierda es una cuestión de dignidad. La vida debe ser vivida con dignidad y la postración en una cama o la finalización de una enfermedad terminal hace que el adjetivo digno se diluya. La eutanasia se concibe como la más eficaz herramienta que tiene el individuo para decidir sobre el devenir de su vida.

La derecha, o parte de ellas porque Ciudadanos -partido liberal- está a favor, demuestra cierta incomodidad en el trato de este asunto. Abogan por la creación de unidades del dolor cuyos tratamientos hagan paliarlo y así dejar a la muerte como última opción. Entienden que el derecho de la vida es positivo y no puede ser negativo, es decir, el derecho a la vida es predicable en el nacimiento, mientras que, en la vejez, cuando alguien decide que quiere acabar con su vida, le niegan esa soberanía. Parece contradictorio.

El derecho a la vida, como decíamos anteriormente, es subjetivo, inmutable, inalienable e intransferible y, si es vida desde la concepción alegando que el individuo es soberano y nadie debe o puede decidir por él, no parece muy razonable que cuando haya un ciudadano dispuesto a acabar con la vida haciendo uso de su derecho, se le obligue en contra de su última voluntad a seguir viviendo. Otra vez la aniquilación de la soberanía del individuo frente a la tutorización del Estado cuya injerencia impide el libre ejercicio de una decisión que no afecta o causa perjuicios a terceros. Es la latente contradicción presente en la derecha española que azuza el individualismo desde el plano económico, pero reluce colectivismo en el plano social.

No hay respuesta por parte de la derecha partitocrática a la contradicción anterior. El liberalismo debe ser en todos los planos, si no, deja de serlo. El liberalismo debe reivindicarse en todos sus planos. Una sociedad que pretenda ser liberal debe basarse en el respeto irrestricto al proyecto de vida del ajeno, el cumplimiento y sometimiento al Imperio de la ley y el respeto a la propiedad justamente adquirida. Si algún punto se incumple o se soslaya, el liberalismo habrá sido el envoltorio, una vez más, para los colectivistas que despojan al humano de su condición de individuo libre e igual y convertirlo en un guiñote subordinado al poder político vigente.

Por ello, afirmo que sí se puede estar en contra del aborto y a favor de la eutanasia. Ambas son compatibles. Ambas posiciones se pueden mantener perfectamente. Nadie debe decidir sobre cuándo empieza la vida, cuándo es digna o por qué no puedo disponer de ella.

Los que nos quedamos en tierra de nadie porque creemos que el individuo debe ser autónomo y responsable ante sus acciones siempre que éstas no dañen a terceros, estamos desamparados por la partitocracia. No tengo partido ni ideología, tengo ideas. Los contrapesos que deben hacerse a la hora de votar son la base de mi elección.

Votar como derecho, decisión como reto.


Comentarios

Entradas populares