NO ES LISBOA

El norte de España, decían, es muy bonito. Nos animamos, entramos en la web, cogimos varios destinos, los sorteamos y salió Santander. Santander quiso el azar que fuese el destino de tres jóvenes que, sin pensarlo, habían decidido comprar unos billetes de avión. 

Foto desde el funicular. No es Lisboa, es Santander.
Lo mejor de los viajes es la preparación. Ver los sitios, preguntar a los antes visitantes, buscar lugares de comida autóctona y planificar una ruta para saber qué hay que ver y qué no. Lo hicimos. Sabíamos que había que ir a comer a Malinche, visitar la Magdalena e ir a Santillana del Mar.

Teníamos ganas e ilusión y eso se palpaba. Las conversaciones por WhattsApp el día de antes bullían, las ganas se acrecentaban. Al despertarnos ese día, más ganas. Ya había llegado el día. Nos íbamos de viaje. Buenos pálpitos. Salimos de casa camino al aeropuerto. Los aeropuertos son lugares evocadores. Lugares que te hacen sentir el desasosiego y el desarraigo de los que vuelven o marchan. Los aeropuertos son la mayor congregación de personas variopintas a que se puede aspirar en esta sociedad de masas móviles. 

Aterrizamos allí, en el Severiano Ballesteros. Aeropuerto que, al contrario que Valencia, es pequeño. Veinte vuelos diarios. Sobran, pensamos algunos. Bus y al centro ciudad. Llegar al hotel también es un momento de incertidumbre. Emparejamos las cosas y salimos a ver la ciudad. De la ciudad poco puedo decir salvo que es preciosa. El encanto señorial mezclado con la dotación de servicios de las modernas capitales. La ciudad, de tamaño, es perfecta. Costera y portuaria.

Visitamos el Palacio de la Magdalena. Un palacio construido en una península. Península, ésta, rodeada de frondosa vegetación. Las vistas son exquisitas, perfectas para una buena cámara. El acantilado le da mayor belleza. Llovía. El agua construía una capa translucida no dejando ver la Cordillera Cantábrica. La estampa era bellísima. 

La comida concuerda con la ciudad. Los pinchos, de fábula. 

Subida a Altamira. Santillana al fondo.
Al día siguiente fuimos al Centro Botín. Una obra moderna en pleno paseo marítimo del ex-presidente del Banco Santander. Edificio vacuo; recomendable, pero sin excesos. La carencia de éstos, se los lleva Santillana. A Santillana fuimos sin demasiadas esperanzas. Queríamos montaña y ella la proporcionaba. Llovía. Subimos andando hasta las cuevas de Altamira, donde el afán turístico ha hecho de las cuevas un museo sin nada destacable; un museo en el que los guías turísticos hacen de cuidadores y repiten, como si fueran cedés, una misma cantinela. Las cuevas, las auténticas, sólo se abren los viernes pidiendo entrar cinco personas a sorteo. La imposibilidad de acceso a las cuevas originales ha llevado a la corporación política cántabra a hacer semejante estupidez. 

Visitamos la Catedral y el centro histórico. Sin novedad sobre Santander. Cenamos y conocimos la noche santanderina. No había demasiado ambiente -era miércoles-, mas se estaba bien. Agradable ambiente. Llovía.

El último día fuimos al Sardinero, la zona más turística donde se encuentran las propiedades de la gente hacendosa. Descubrimos un sendero, sin demasiado tránsito, que bordeaba las montañas y acantilados. Hacía sol. 

Ya en el aeropuerto volvimos a la realidad. Los aeropuertos de retorno sirven, en gran medida, para el cuento de anécdotas, recopilación de fotos que otros tengan en sus móviles y las últimas gracias sobre la ciudad visitada.

Con lluvia nos despedimos de Santander, con sol nos recibió Alicante. Nada nuevo por casa. Vuelta a las responsabilidades, vuelta a la cotidianeidad. 

Si tuviera que definir Santander en tres palabras serían: lluvia, belleza y tradición. Tres palabras para una ciudad que necesitaría más, muchas más.



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