LA PRESUNCIÓN.
Desde el asiento del tren en el que voy, intento buscar la urbanidad. Me fijo en las miradas de los que me acompañan.
Veo cansancio, hastío y desazón. Un anciano, posiblemente jubilado, mira al frente con esa mirada compuesta por canas, arrugas y tiempo. Se nota el paso de éste en su mirada, en la forma de encarar el viaje en tren que nos espera.
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| Expreso de la Roba. |
Una mujer acaba de entrar al vagón. Nos mira a todos y saluda con el rigor necesario. Salimos. Cada día veo diferentes personas, pero mismas muecas. Mismos gestos que indican mismas sensaciones. Los seres humanos no somos tan diferentes como nos hemos pretendido hacer creer. Una de las experiencias más gratificantes que uno puede disfrutar es ir a un bar, acodarse en la barra, sentarse y escuchar. Entrar en la conversación más nimia de los más insignificantes clientes. Dos ancianos, dos jóvenes o dos cuarentones. Todos tienen algo que decir, algo que opinar, algo para aprender.
Epatarse con ellos es una de las cosas más divertidas que se puede hacer. Con esa forma, tan típicamente latina, podemos entrar en la conversación y ser partícipe de ella. Preguntarles por sus vidas y, a menudo, encontrarte con cosas fascinantes. Una de ella me ocurrió ayer en el tren desde que tecleo esto.
Paramos en una estación a mitad de mi trayecto. Una señora se sentó a mi lado. Leía unos poemas de Karmelo. Iba pasando por su libro -el mejor- Mientras me alejo. Habla de tipos enigmáticos, de verbenas veraniegas, de amores fugitivos y de muchachas huidizas. Noté que se fijaba en lo que leía y, a medida que pasaba de página, sonreía.
Llegué a su poema Septiembre. Aquél que reza:
Tú en la playa
-recogiendo-
y el mar desesperado.
Tras terminar este sonrió. Recuerdo la primera vez que lo leí. En Madrid. Templo de Debod. Esperaba al atardecer mientras leía lo nuevo de Karmelo. Había escuchado algo del autor, pero no había entrado en él. Sin embargo, cuando leí Septiembre, supe que jamás me iría de él.
La señora me preguntó si podía volver al poema, que lo había leído y no dejaba de darle vueltas. Volvimos y lo comentamos.
Le hablé de mi vida, mi corta edad y mi deseo de, alguna vez, parecerme a poetas como Ángel González, Luis Garcia Montero o Jaime Gil de Biedma. Ella me miró con esa cara de anhelo de quién se ve reflejado en el de enfrente. Me miró, me cogió la mano y me dijo: cariño, no desees ser nadie. Yo lo quise y me quedé así, como estoy ahora, sola.
Le hablé de la soledad. De lo que interpretaba por ella y de la necesidad de alguna vez conocerla. En un mundo de habilidades sociales, amistades, personas y palabras no queda tiempo para escuchar lo ruidoso que puede ser el silencio. Hay silencios estruendosos y ruidos silenciosos.
Llega la hora de bajar. Me despedí con un adiós.
Quizá no la vuelva a ver, posiblemente no. Pero de ella queda sus palabras. Su seguridad. Su tranquilidad con la que hablaba. Su espera a la muerte.
Escribió Blaise Pascal que todos los problemas del hombre vienen de que no sabe estar sentado en una habitación.
Pascal siempre tiene razón, ¿quién soy yo para negarle dicha presunción?

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