LAS PUERTAS SE ABREN
Alguna vez creo que le he nombrado. Se llama Gonzalo M. Carrasco Lara y Coira. Tiene una web y, de vez en cuando, escribe pequeños relatos de carácter biográfico, pero con una crítica implícita.
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| Foto de Ignacio Pereira |
Al entrar me siento en el primer asiento que veo libre. Una chica joven está con su teléfono escribiendo. Le doy mis "buenas noches" y se quedan sin recibir ni responder. Suelo llevar siempre un libro en la mochila para matar al tiempo -como diría mi admirado Cioran-. Esta vez no lo llevo. Me encuentro en ese impasse que necesito entre libro y libro. No es demasiado, pero dos o tres días para alejarme del anterior y empezar el nuevo con la mente lo más receptiva posible.
Paso muchas horas aquí. Cada semana paso entre ocho y diez horas en el cercanías, que es el que frecuento. Algunas veces lo maldigo porque pierdo tiempo. Otras lo loo por dejarme descansar antes de llegar a casa después de una tarde de estudio. Pero sé que cuando acabe la carrera y, por ende,deje de usarlo, le echaré de menos.
Coincido con Gonzalo que el tren es un medio de transporte romántico. En el tren es como la vida del hombre del s. XXI: pasa todo a los lados, pero no nos atrevemos a agarrar lo que nos interesa. Perdemos el tiempo en nimiedades mientras los años pasan, las canas crecen y las arrugas aparecen.
Los convoyes que se usan en mi línea de cercanías datan de 1980, son los antiguos media distancias. Son cómodos y anchos. Permiten estirar las piernas -osadía impensable en los aeroplanos- ,leer con suma relajación y escribir tanto a mano como a aparato electrónico.
Desde que leí al maestro don Arturo Pérez-Reverte que viajaba en trenhotel a Lisboa, ésa ha sido mi propuesta para este verano. Para viajar, sostengo, se debe hacer solo o con un grupo reducido de personas. Nada de viajes organizados con grupos que parecen masas y éstas, como dijo Ortega, pueden ser peligrosas. Viajar en trenhotel debe ser el epítome de esto que Gonzalo y posteriormente un servidor estamos describiendo.
Llegando a mi destino me paro a mirarnos a todos los que estamos allí. Algunos han bajado en estaciones precedentes, otros lo harán en otras posteriores. Otra similitud con el paso del tiempo. La vida es un tren avezado por el paso del tiempo. La persona que se sube -o, en ese caso caso, vive- decide en qué estaciones bajar. Las decisiones suelen ser arriesgadas y el coste de oportunidad puede ser alto, pero la vida obliga a decidir, al igual que el tren obliga a bajar en alguna de sus estaciones. Los fracasos forman parte de la vida en tanto en cuanto haya posibilidad de no obtener éxito con la decisión adoptada. Si todo fuese acierto, éste dejaría de producir los efectos que produce convirtiéndose así en algo cotidiano. Lo extraordinario es lo que hace que el cuerpo reaccione de forma inesperada y deje entrever el carácter real de la persona que lo recibe.
Por megafonía anuncian la inminente llegada a mi destino. Me levanto, recojo mis cosas para disponer a marchar. Me despido con la mirada de los habituales. Una mirada simboliza un hasta mañana o hasta nunca, no se sabe si mañana estaremos otra vez aquí.
Llegamos, se abren las puertas, bajo.
Otro día más, o menos, según quiera el lector interpretarlo.

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