LOS BARES, NUESTRA UNIVERSIDAD

Día festivo. Comercios cerrados. No, no es domingo -aún éstos conservan algún halo de esperanza-. Sentado en un bar cualquiera. De esos donde no hay un canon de cliente y todo el mundo cabe. A mi derecha una pareja cincuentona. Ella escucha, interesada aparentemente, las penurias que le narra él. A mi izquierda un hombre escribe sobre un folio. Y enfrente, dos hombres conversan con una mujer. 

Los bares, quizá, sean la universidad más prestigiosa y útil que tengamos en España. Sentado escuchando aprendes más que en cualquier clase donde un señor vestido de traje con voz altiva intenta salir del paso mientras observa que nadie le atiende. Los bares son magníficos lugares donde, mediante la simple acción de la escucha, logras comprender la sociedad de la que eres integrante. 

Para poder vivir -sobrevivir en mi caso- necesitas comprender el entorno en el que te mueves. John Dos Passos escribía aquello de "el infierno puede ser un verdadero estimulante". Necesitas conocer a tus semejantes para, en la medida de lo posible, estar en armonía con el entorno. Y para ello, solo nos sirve la hipocresía. La Rochefoucauld definía a la hipocresía como el homenaje que el vicio rinde a la virtud. Ésta permite la convivencia en sociedad. Es la facultadora de un mundo, más o menos, pacífico. Quien juega a ser coherente, corre el riesgo de entrar en un callejón oscuro del que la escapatoria no es cosa baladí. Quien vive fiel a sus principios intentado que las acciones respondan a su ética solo encontrará un final: el suicidio. 

Es el ejemplo de Mainländer. Quien, siguiendo sus convicciones, acabó su vida como éstos marcan. Sin embargo, en esta vida hay que ser más pragmático, más hipócrita, más incongruente. Más humano: más Cioran.

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