LOS LONGEVOS DOMINGOS
Desde que leí este poema de Karmelo
C. Iribarren no paro de recitarlo. Esos domingos eternos. Te levantas, desayunas
y sales a la calle. Pleno invierno. Te dispones a dar un paseo -en ciertas
ocasiones visito los cementerios- o a hacer algún recado. El frío te atenaza,
pero eres valiente e intentas combatirlo. Vuelves a casa y te espera ese cocido
tan característico de los días de invierno. Tu sopa caliente rodeada de la carne
con la verdura hervida y espumada como corresponde. Comes y al sofá. Película,
casi siempre americana o alemana, y siesta -obligatoria los domingos-.
Te despiertas de la siesta sin
saber muy bien qué hacer. Es media tarde, te asomas a la ventana y nadie por la
calle. Sin embargo, hay que hacer algo para rellenar las dos o tres horas que
quedan hasta la cena. En mi caso, siempre se me plantea la duda de leer o
pasear con algún podcast de radio. Depende cómo esté el tiempo, decido.
Cuando leo, escojo filosofía. Los
clásicos son los motores de mi vida. Leo a Julio César, Séneca o Plutarco
siempre despacio. Veinticinco páginas en una hora. Detenidamente voy
reflexionando lo que exponen. Como dijo Emilio Lledó, la principal causa del porqué de mi afición la lectura es que me
permite conversar con aquel muerto hace más de veinte siglos.
Por otra parte, cuando decido dar
un paseo me gusta escuchar algún podcast de programas que me gustan, véase
EsToros, LD Libros, La Rosa de los Vientos o Gente Despierta entre otros. Casi
nunca planifico la ruta. Ando hasta que me canse y doy media vuelta.
Y es en esos instantes cuando el
poema de Karmelo cobra sentido. Domingos de reposo, tranquilidad como si de un
periodo de asueto se tratase. Cuando llega la tarde ya piensas en el lunes. En
el trabajo, los estudios, las preocupaciones y deseas, con todas las fuerzas,
que vuelva a ser viernes.
Para combatir ese sentimiento tan
bien plasmado por Karmelo no hay fórmula mágica. Yo os he dejado las dos formas
que tengo, mas hay muchas más seguramente más divertidas y entretenidas. Yo no
las conozco y, como sigo a mi maestro Montaigne, solo escribo guiándome por la
pregunta ¿Qué sé yo? Con diecinueve años poco, pero lo que sé lo escribo como
buenamente puedo.

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