LUGARES EVOCADORES

Andaba yo por la calle. Auriculares en el oído. Gente Despierta me hablaba. Había quedado y llegaba pronto. Decido hacer tiempo paseando por Elche. Hablaba Màxim Huerta sobre trenes y estaciones. Lanza una enumeración de adjetivos que me estremece. Paro el podcast y rebobino (ventajas de las nuevas tecnologías). ¡Qué dominio!

Mercado San Antón. Madrid.
Sigo avanzado. Me topo de frente con un barracón de aspecto moderno llamado Mercado Central. Tengo tiempo. Entro. Miro. Avanzo. Y me vino ese olor que tanto añoraba y una melancolía propia de un octogenario. Me siento mayor. Empiezo a ser consciente que ya tengo almacenamiento cerebral suficiente para sendos sentimientos. Respiro. Sonrío. Sigo avanzando cual niño pequeño empiezo por la sección de frutería. Tomates recién traídos, alficoces de los que no ves en las grandes cadenas, brevas tardías y naranjas hermosas para zumo. Pescadería. Ejemplares salvajes con sus coherentes precios. Carnicería. Entrecots que me retrotraen a aquel viaje a León. Sonrío.

Me dispongo a salir, sonrisa mediante. Me detengo. Me giro. La frutera me devuelve la sonrisa con destellos picarones. Me guiña un ojo. Le devuelvo la mueca y salgo. Se acaba todo: el olor, la melancolía, la morriña y la felicidad. Sustituida por la frialdad, el movimiento y el estrés propio de los que un viernes, a las siete de la tarde, quieren acabar su jornada laboral. Cruzo la calle. Màxim se está despidiendo. Anima a la gente a escribirle correos para la próxima semana. Me entusiasmo. Ya sé el tema que mandaré: mercados centrales. En cuanto llegue a casa le envío el correo, pienso.

Estoy llegando. Veo a la que será mi compañera las próximas dos horas. Me sonríe mientras levanta la mano. Llego. Saludo. Dos besos. Nos sentamos. Son las 17:00. Puntualidad torera.


En fin. La vida misma.

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