EL CONDUCTOR DE UBER
Viernes. 22:15. Madrid en plena efervescencia. Decido pedir un Uber (coche
con conductor), lo programo y viene a la puerta de mi hotel. Salimos hacia el
destino, mientras entablo conversación con el conductor. Neptuno. Me pregunta
qué música me gusta y si quiero escuchar una emisora en particular. Cibeles. Me
cuenta cómo están soportando la violencia por parte del sector del taxi: las miradas
estilo Clint Eastwood, los desprecios y los insultos que éstos les
propinan.
Entre tanto Atocha. Le pregunto cómo son sus condiciones laborales. Se
muestra satisfecho debido a que era mecánico y desde hace tres meses está
prestando servicios en esta compañía. Justifica de manera papal la situación
que tienen y me explica cómo sobrelleva el cotarro.
Estamos llegando. Me relata cómo fue el momento en el que fue contratado
por Uber y sus primeros servicios. Me intenta explicar cómo sus servicios, aparte
de más eficientes, son más serios y leales al cliente. Con Uber, cuando se
asigna el conductor, se comunica nombre, edad, coche, matrícula, manera de
contactar y opiniones de otros usuarios. Además -prosigue- puedes llamar al
conductor si te has dejado algo en el interior del vehículo; podrá parecer una nimiedad,
pero es una facilidad más.
Gira, avanza y se detiene. Ante nosotros, en una barandilla apoyados, vemos
a tres taxistas. Me avisa de que puede que suelten algún improperio. Asiento.
Bajamos. Me ayuda con las maletas. Me da la mano, correspondo y le animo a
seguir trabajando arduamente para ganarse el pan de su familia. Me mira y
sonríe. Me da las gracias. Nos despedimos y vuelve al coche. Arranca y se va a
seguir la noche que, seguramente, sea larga.
Sí, es solo
una historia. La historia de Enrique y mía.
Comentarios
Publicar un comentario